jueves, 24 de mayo de 2012

Me regocijé cuando escuchaba los relatos que contaba mi padre


Pedro Camilo





















Visiones de la literatura


Pedro Camilo

Nota del autor: Apreciados amigos: Comparto con ustedes las palabras de agradecimiento que pronuncié en el reconocimiento que me hizo el Ministerio de Cultura el viernes 4 de mayo de 2012, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. 

-Distinguidas autoridades del Ministerio de Cultura
-Distinguidas autoridades del Ministerio de Educación
-Apreciados familiares y amigos

Muchas gracias a las autoridades del Ministerio de Cultura, especialmente al Ministro José Rafael Lantigua, por reconocer los cuentos que compuse mientras disfrutaba el placer de escribirlos, como también me regocijé cuando escuchaba los relatos que contaba mi padre quien, en cualquier noche lluviosa, dulcificaba su rostro y se ponía a narrar los cuentos de Juan Bobo y Pedro Animal, momentos inolvidables que fueron el punto de partida de mi vocación de cuentista, de la que en realidad no tuve conciencia hasta el año 1980, cuando mi amigo Pablo Yermenos me regaló el libro Cuentos escritos en el exilio, de Juan Bosch, y entonces pude leer los Apuntes para el arte de escribir cuentos que venían como prólogo del referido texto.

Cuando terminé su lectura, escribí cinco relatos que enseguida fueron entregados a don Alberto Malagón, a la sazón profesor de Lengua Española de la UASD, y quien me pidió que regresara dentro de una semana para darme su parecer. Cuando volví a encontrarme con el profesor universitario, noté que en sus manos, en lugar de traer el portafolio con los relatos, sólo había una tarjeta que don Alberto me pasó, mientras decía:
-Es conveniente que leas las obras de estos autores.

Recuerdo que la lista la encabezaba Guillermo Cabrera Infante, con sus Tres Tristes Tigres, novela esta que conseguí sin ninguna dilación, y tan pronto terminé de leerla, quedé aprisionado en el mundo del humor y de las pirotecnias verbales del escritor cubano.

Por Cabrera Infante conocí a James Joyce. En 1982, leí la novela Ulises del escritor irlandés. Valoré el lirismo de su prosa, y aprecié el lenguaje en su papel de protagonista. El humor encontrado en Cabrera Infante, en Joyce adquiere una dimensión que apabulla. De igual forma, disfruté el erotismo y la tensión poética del monólogo interior de Molly Bloom.

Mientras leía a James Joyce, escribí Una voz en off, con el propósito de combinar algunas técnicas empleadas por el cine con los recursos literarios aprendidos gracias a la lectura de Cabrera Infante y James Joyce. Como este cuento obtuvo una mención de honor en Casa de Teatro, me sentí en el deber de comunicárselo a don Alberto, y junto con una nota, le remití el texto en cuestión. Días después, recibí una carta del profesor, que luego de descartar el relato, me decía entre otras cosas, lo siguiente:

El estilo humorístico es muy difícil.

¿No estaremos comenzando por el final cuando deberíamos hacerlo por el frente?

Opino que deberías dominar el estilo de Rainer Maria Rilke, Antón Chéjov y Guy de Maupassant.

Elevar a poesía lo cotidiano, como Joyce y Rilke.

Abandonar a Cortázar, y tirarse hacia Shakespeare.

Y después la creación propia.

Más tarde, en 1990, formé parte del grupo de escritores que, bajo el liderazgo de Bruno Rosario Candelier, fundaron el Ateneo Insular, el cual surgió con una poética que se inspira en el realismo trascendente en sus tres modalidades: la mística, la metafísica y la mitopoética. Transcurridos algunos meses, Rosario Candelier me sugirió que elaborara un cuento cuya afiliación estética podría ser una de las vertientes señaladas. Escribí El sueño de Sísifo, y con esta narración surgió el espacio imaginario denominado Ruicala. Comencé así la búsqueda en el “fondo del luminoso secreto de los mitos”, para decirlo con las propias palabras de Bruno.

En resumidas cuentas, en mi aprendizaje como cuentista ha resultado de suma importancia la lectura sistemática de escritores tales como Juan Bosch, Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Cabrera Infante, James Joyce, Henry James, y Albert Camus, entre otros.

En realidad, algunos de estos autores han dejado sus huellas, de suerte que he evolucionado desde el criollismo de Horacio Quiroga hasta el existencialismo de Albert Camus, pasando por el realismo social de Juan Bosch, el realismo psicológico de Henry James y el realismo trascendente del Movimiento Interiorista.

Sin embargo, esta búsqueda no sólo se ha debido a la influencia de los referidos escritores, sino también a una demanda íntima de mi corazón, por conocer más sobre la condición humana, principalmente acerca de la verdadera moral del ser humano, que no es otra que su propia dignidad, ese respeto que se merece el hombre sólo por ser hombre y poder diferenciarse de una piedra o de un clavel.

Después de 32 años de aprendizaje, pienso que aún estoy lejos de alcanzar esa “cima inaccesible” de la que habló Horacio Quiroga, cuando enunció el segundo mandamiento de su “Decálogo del perfecto cuentista”: “Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes con dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”.

Esta larga introducción ha sido sólo para decirles a ustedes que comparto el honor que me dispensa el Ministerio de Cultura, con Félix Camilo, mi padre, por transmitirme el placer de escuchar cuentos; con Pablo Yermenos, porque al regalarme un libro de Juan Bosch me brindó la oportunidad de reconocer mi vocación de cuentista; con don Alberto Malagón, por ofrecerme las primeras enseñanzas sobre el arte narrativo; con Bruno Rosario Candelier, porque me orientó en la búsqueda del secreto de los mitos; con los autores que han sido mis maestros, en quienes creo como en Dios mismo, tal y como recomendaba Horacio Quiroga; y finalmente, comparto esta honra con mis familiares y amigos, por haberles restado tiempo a la atención que ellos se merecen, al entregarme a la lectura, a la escritura y en definitiva, al oficio de cuentista. A ellos, a mis familiares y amigos, les expreso las gracias por estar presentes en esta actividad.