lunes, 11 de junio de 2012

Nervioso e intranquilo me interné en la selva, buscándolo


Fernando Ureña Rib





















Mi oso hormiguero
Cuento

Fernando Ureña Rib

I

Mi mascota es un oso hormiguero.  Esta mañana, mientras te escribo esta nota, él se ocupa en acariciar mi rodilla derecha y alterna sus cariños con el hocico largo, la cola peluda y áspera y su lengua licenciosa y rápida. Paso la mano por la pelambre de su lomo y él se tranquiliza un poco, espera paciente a que termine lo que te escribo y a poco rato vuelve a insistir en que le saque a pasear por la selva, allá afuera. Dejaré de escribirte ahora, porque ha de tener mi mascota urgencias impostergables y para mí desconocidas.

Antes de dejarte te diré que lo compré siendo él un bebé,  hace un año, en Pucalpa, y lo traje a mi estudio en Iquitos para que se ocupara de las termitas y hormigas que atacaban mis cuadros, mis tallas en madera y mis libros. Como él posee un olfato poderoso, en pocas semanas engulló ácaros, alimañas y toda suerte de hormigas y carcomas que había en la casa.

Reconozco que los insectos en mi  taller no son suficientes para satisfacer la voracidad de Tiky, que así llamo a mi hermoso acompañante. Y digo «hermoso» con reservas, porque al principio me pareció feo y torpe, con su cuerpo enorme, robusto y desproporcionado en relación al pequeño tamaño de su cabeza y a la extención de su nariz.

Esto es una equivocación de Dios, me dije.  Es absurdo que su cerebro sea todo nariz.. Sin embargo, sus patas anteriores son casi como las manos de una mujer y poseen dedos largos, garras ocultas y acolchadas, con almohadillas que parecerían estar hechas para las caricias y el amor, con que me dejo seducir por Tiky.  Perdona, no tengo otro remedio que llevarle a la selva a engullir sus hormigas favoritas. Te dejo, te dejo. Sigo esta nota después, porque Tiky me hala del pantalón y casi me arrastra hacia el auto. No es tan tonto como parece.

II
A mediodía y luego de aquellas expresiones de amor puro, no tuve más remedio que llevar a Tiky a la selva y soltarlo en su estepa preferida, en un acampado en el que descubre, no sé cómo, hormigueros y troncos secos plagados de termitas. Siempre estuve tan seguro de su amor que lo dejo correr en libertad y al poco rato regresa satisfecho y feliz  con nuevas caricias para mis manos o mis muslos. Acepto resignado su lengua jugosa e indeseable. Como no tiene dientes, nunca temo que Tiky me muerda.

Pero hoy pasé muchas horas en el descampado esperando que Tiky regresara.  Nervioso e intranquilo me interné en la selva, buscándolo en la maraña de arbustos, lianas y behucos. Sólo comprendí la razón de sus urgencias de la mañana cuando lo vi pasearse junto a una osa hormiguera elegante y airosa, de franjas blancas y grises.  Como vi que estaban besándose y acariciándose apasionadamente con sus largas lenguas rosadas y licenciosas, me despedí con un ademán, me marché y los dejé que siguieran besándose en las profundidades de aquella inextricable y mágica estepa de la selva peruana.