lunes, 2 de julio de 2012

En el horizonte se encendieron las luces del obelisco de Luxor...


Fernando Ureña Rib

















La edad de la ira


Fernando Ureña Rib

Son casi las nueve de la noche y las sombras se apresuran a envolver la iglesia de la Magdalena. Sigo una luz temblorosa al final de las arcadas, atravieso un oscuro corredor que se extiende al amparo de enormes columnas y camino hacia la fuente de aquella luz. Tras una pesada puerta entreabierta, de rodillas frente al altar iluminado hay un monje joven que eleva a Dios sus plegarias con un murmullo apenas perceptible.

Me siento en un banco duro y le observo desde el fondo de la capilla solitaria a esperar que concluya su letanía. Luego de un largo silencio se levantó y notó mi presencia. Tomó uno de los cirios en su mano, apagó los demás y me acompañó hasta la puerta de salida. Cerró la pesada puerta tras sí y me condujo hasta las escalinatas de la entrada. En el horizonte se encendieron las luces del obelisco de Luxor, en la Plaza de la Concordia, que se resistía a ser tragado por las sombras. Rompí el silencio impuesto por la austeridad de aquellos muros:

- ¿Es posible conocer el motivo de sus oraciones?
- Tenemos instrucciones de orar por la paz en el mundo.
- Ese es un ruego antiguo. Si Dios no lo concede, parece que no es su voluntad.
- Nunca logramos saber cuál es la voluntad de Dios, ni por qué permite ciertas cosas.
- Pero hoy hay más disputas, guerras y conflictos que nunca antes.
- Parece que le interesan tanto la religión como la historia.
- La historia es un recuento subjetivo de los hechos. Quizás por eso no tenga mucho sentido esto de mezclar a Dios, las religiones y la guerra.
- La humanidad atraviesa siempre por períodos de crisis. Es una forma de probar nuestra fortaleza y nuestra fe. También hay períodos de paz, de modo que es conveniente orar por ellos.
- Los historiadores inventaron eso de la periodización. Hubo tiempos de paz. El siglo de Pericles, El siglo de las Luces, La Edad de Oro o la Belle Epoque, el Renacimiento y así por el estilo. Aunque también entonces la paz se sostenía a sangre y fuego.
- ¿Cómo le llamaría usted a esta era angustiosa y convulsa que vivimos?
- La edad de la ira, simplemente.