miércoles, 22 de agosto de 2012

Se rascan la calva o la barriga, se hurgan la nariz o se retuercen el bigote

Fernando Ureña Rib





















LAPSUS
Cuento

Fernando Ureña Rib

Señor inspector:  Mi nombre es Hans Wech, y soy uno de los controladores ferroviaros en las estaciones del metro de Berlín. Como usted sabe, trabajo encerrado en un pequeño cubículo de seguridad, hecho con cristal ahumado, de modo que nadie puede verme desde el exterior y sin embargo puedo ver todo cuanto ocurre afuera. Me ocupo en controlar la velocidad de los trenes, darles luz verde para salir del túnel y asegurarme que el andén esté despejado antes de la partida.

Nunca me duermo ni me aburro en el trabajo, porque durante los intervalos me entretengo en observar los pasajeros al otro lado del espejo, que es en realidad un cristal polarizado. Ellos se contemplan a sí mismos.  Las damas se acicalan, se acomodan el pelo, la bufanda o las gafas y estudian sus siluetas de frente y de perfil. Los hombres, por otra parte, se ajustan las corbatas, los sombreros, hacen muecas extrañas, se rascan la calva o la barriga, se hurgan la nariz o se retuercen el bigote.

Pero a quien me deleita observar es a la pasajera uniformada que va en dirección al aeropuerto y toma cada mañana el tren de las 9:53.  Es una mujer espléndida, probablemente azafata.  Yo diría que se sabe observada.  Llega a las 9:40 y se instala con todas sus cremas, sus pinceles para las cejas, ojos y su lápiz de rouge. Es muy sensual cuando delinea las comisuras de sus labios e instintivamete mueve la cabeza, arregla su cabellera y deja ver su cuello espigado. Entonces se empolva las clavículas, se retoca la nariz con una escobilla, se pone zarcillos y va transformándose en una diva gloriosa, en una inalcanzable estrella de cine.

Tan ávidamente estuve contemplando esta mañana sus transformaciones, que no logré dar a tiempo la señal que autoriza al maquinista a detener el tren y este siguió de largo a gran velocidad. La pasajera uniformada tocó airada a mi puerta. Le dije que sufrí un lapsus y que ella no tendría otro remedio que abordar el tren de las 10:06. Pero ella me gritó fuerte y me dio una mirada tan fulminante que me estremecí y tuve un desvanecimiento.  Parecía me que iban a estallar los tímpanos. Y esa fue la razón por la que tampoco pude accionar la señal que autorizaba a detenerse el tren de las 10:06, señor inspector.