lunes, 24 de septiembre de 2012

Hortensio, Anastasio, Pancracio, Maricutano, Filomeno, Nepomuceno...



















Flor de tilo

Clodomiro Moquete

Voy siempre a cierta farmacia, por lo menos una vez a la semana, a comprar flor de tilo, que venden en pequeños sobres, para la tisana nocturna.

El procedimiento en esta farmacia consiste en que solicito lo que busco, doy mi nombre, lo anotan en una simple factura y me dirijo a la caja a pagar, donde me entregarán lo que estoy adquiriendo, claro está, previo repetir a la cajera mi nombre para pagar.

En cada ocasión, para poner una nota jocosa, le digo a la dependiente un nombre diferente y «raro».

Su nombre, me dice ella, y yo le digo «Nabucodonosor». Ella se ríe, escribe el nombre en la factura electrónica, me dirijo a la cajera que ya tiene mis sobres de flor de tilo. Ésta me pide mi nombre a su vez, le respondo Nacucodonosor, ella se ríe, cobra el dinero y me entrega lo que fui a buscar. En cada visita a esta farmacia logro un momento de humor por lo menos a dos empleadas que casi siempre están ajetreadas y con semblante grave. Mi aporte contra el estrés.

He escuchado incluso risas sonoras que provoca el nombre que en la ocasión me ha venido a la mente referir: Torcuato, Epigmenio, Aniceto, Sinforoso, Floripondio...

He tenido que inventarme nombres raros o hacer memoria, consultar con amigos, porque ya es una costumbre: Hortensio, Anastasio, Pancracio, Maricutano, Filomeno, Nepomuceno, Cabeza de Vaca...

Cuando llego al mostrador la muchacha se prepara para el momento de hilaridad, de distensión. La cajera, que me ha alcanzado a ver, también se pone en esa honda, para ver con cuál nombre vendré en esta ocasión. La semana pasada  la risotada fue estupenda por el nombre que les dije:

Clodomiro

(Vetas, número 88, noviembre de 2008)