jueves, 11 de octubre de 2012

...el rabo de los ojos entre las pupilas y vi su iris irritado, violentamente miel...

Clodomiro Moquete
















El ojo del rabo
engorda al caballo
Cuento

Clodomiro Moquete

Hace unos días me encontré con una dama en un carro de concho en la avenida. El problema de los pobres consiste en que existen los ricos, por lo que si queremos resolver el problema de manera radical es muy práctico matar a todos los ricos puesto que nosotros, los pobres, estamos en mayoría y no habría que matar a tanta agente.

La dama con la que me encontré en el asiento trasero de un carro de concho en la avenida es, si no rica, una aspirante a ello de primera categoría. El problema de los ricos consiste en que existen los pobres y en que éstos son imprescindibles, puesto que si matan a todos los pobres entonces ellos, los ricos, se quedan sin su sustento. La dama del asiento trasero del carro de concho de la avenida que es rica tiene la ventaja que poseen no muchas mujeres, que consiste en saber mirar con el rabo. Supongo que se entiende que me refiero al rabo del ojo. Viene del ensanche Luperón, donde aspira a ser rica, y tiene que montarse en este maldito carro de concho donde también se montan los pobres, qué joder.

A mí se me nota a primera vista que soy residente distinguido del barrio Capotillo. Lo de distinguido es porque en el Capotillo sobresalimos todos por las caras de muertos de hambre y el olor a neumático encendido. Alguien escribió hace algún tiempo una antología poético-erótica de autores del Capotillo y el libro, que echaba chispas, fue utilizado ejemplar por ejemplar para encender hornillas en los hogares de nuestro sector residencial. La dama del asiento trasero del carro de concho de la avenida, que es rica y sabe mirar por el rabo (del ojo) había notado, por mi ropa chamuscada, que soy del Capotillo. Mi porte gallardo de negro cimarrón le llamó la atención y comenzó a mirarme con el ojo del rabo. Las mujeres que saben mirar por el rabo del ojo te investigan minuciosamente sin tú darte cuenta de que te están observando.

Como otros pasajeros abordaron el carro de concho me vi gozosamente precisado a pegarme de ella y lo primero que observé fueron dos tetas maravillosas y casi el límpido rosado encendido de un pezón en guardia, a pleno temblor. Yo, que soy especialista en rabos, me daba cuenta de que ella me había estudiado ya con el rabo del ojo. Suspiré, diciendo, ¡uf, quién será que ganará las elecciones! Ella susurró Leonel, el chofer sopló Peña y alguien ripostó Jacinto. Pero la verdad es que mi suspiro no era electorero pues lo que quería era soplarle en la oreja, que es un método de conquista de los hijos del Ozama, en la ribera occipital.

La dama del asiento trasero del carro de concho de la avenida, que es rica, que sabe mirar por el rabo (del ojo) y me mostró el límpido rosado encendido de un pezón en guardia, a pleno temblor, notó mi soplido de torete enamorado, se metió el rabo de los ojos entre las pupilas y vi su iris irritado, violentamente miel. Es decir, fue una mirada de enojo.

Pero yo entonces le guiñé un ojo sin rabo y ella no tuvo más remedio que elaborar una sonrisa limpísima que intentó ocultar volteando la hermosura de su rostro. Le dije inmediatamente mis generales: «Soy Carmelo El Malo, hijo de Inocencia La Pecadora, casado y sin compromiso, hacedor de polvos maravillosos y multicolores y enloquecedores. Soy chiquito de estatura pero horizontal, en la cama, me sé todos los números e improviso otros que son unos primores».

Ella ripostó diciendo déjeme en la esquina chofer, por favor. Yo continué mi ataque despiadado, seguí su rastro de perfume francés llegado por Haití, adiviné su necesidad imperiosa de un negro que la hiciera gritar desgarradoramente.

La dama del asiento trasero del carro de concho de la avenida, que es rica, que sabe mirar por el rabo (del ojo) y me mostró el límpido rosado encendido de un pezón en guardia, a pleno temblor, con perfume francés llegado por Haití, con necesidad imperiosa de un negro que la hiciera gritar desgarradoramente, entró luego conmigo al hotel «Peso de Oro». Allí, en la habitación con aire acondicionado, tabaco y alcohol, había un potrero amplio do cruzaban arroyuelos de cristal y el arcoíris se dormía en el horizonte. Allí fue yegua indomada y yo potranco domador.