martes, 4 de diciembre de 2012

Cuento, carta, décimas

César Sánchez Beras





















César Sánchez Beras cotidiano

El escritor dominicano, residente en Massachusetts, escribe constantemente y constantemente publica, ya sea sus poemas hermosísimos, sus artículos acerca de la realidad dominicana, sus cuentos de humor o, claro está, sus infaltables y excelentes décimas. En los últimos días hemos recogido, de donde él los ha depositado, los tres textos que insertamos aquí. Loor al gran poeta.


La dadivosa
Cuento

(A pedido de mi hermano Juan Freddy Armando)

La vieja Maritza nunca usó ropa interior. Toda su vida anduvo «al pelo», con su sexo salvaje en libertad absoluta. De niña nunca tuvo con qué comprar unos panties baratos, de mujer le molestaba esa cárcel de algodón a la que nunca le vio sentido y ya de vieja, su clarividencia le advirtió que esa carencia de prenda íntima tenía un encargo divino.

Lo supo accidentalmente la tarde que fue a preguntar por la salud de un viejo que moría. El moribundo utilizó su último deseo y las pocas palabras que le quedaban, para pedirle a Maritza que le dejara ver su «cuca», para irse tranquilo y feliz. La vieja ni le dio importancia al pedido. Se aproximó al pie de la cama, levantó con ambas manos la falda hasta el nivel del ombligo y expuso su sexo canoso y desgarbado. Al otro lado de la cama, una sonrisa rivalizó con la agonía y un suspiro dulce antecedió a la muerte que llegaba.

Desde que supo su providencial destino, empezó a frecuentar los hospitales y sanatorios de la ciudad. Se deslizaba por las salas de desahuciados en los días de visita y en un descuido de parientes y enfermeras, les decía a los que esperaban la parca: ¡Hey, mira! Y cuando tenía su atención, se levantaba el faldón y mostraba un pubis yermo y solitario, con su sonrisa vertical desdentada.

Recién cumplidos los 70 años, Maritza había hecho su ofrenda a 59 hombres de los cuales 48 se marcharon felices, teniendo en el paisaje de su sexo, la última visión de su vida terrenal. Pero ahora era ella la que estaba próxima a la muerte. Una pulmonía mal atendida la postró en la cama y se regó la noticia de que la dadivosa se estaba muriendo. Justo a las 6:00 de la tarde de un domingo de junio, la providencia le devolvió la gracia. Alrededor de su cama 11 viejitos que habían sobrevivido al trance de la muerte, sacaron sus miembros desvastados por los años y con alegría fraterna uno por uno dijo:
—¡Hey mira! Y ella al otro lado de la cama esbozaba agradecida su última sonrisa.


Carta Abierta al Hombre de Este Milenio

Querido Ser Humano:

Quizás no tengas tiempo para leer estas palabras que nacen de un corazón atormentado, quizás entre la prisa de las computadoras y la bolsa de valores, no encuentres un hálito de vida, un momento de sosiego, para ver que quien te escribe, irremediablemente es parte de ti aunque hayamos nacidos de cuerpos diferentes. Yo entiendo que la vida es tan breve, reconozco que su ritmo es tan vertiginoso, que cuando yo termine de garabatear esta cuartilla insulsa, habrán muerto de desnutrición miles de hermanos en las ricas tierras de Sudáfrica. Otros tantos, cuando termine este párrafo, estarán condenados a muerte por epidemias o muriendo en el camino hacia otros territorios, huyendo de sus tierras sin otra razón que ser víctimas del genocidio por parte de sus propios hermanos.

Ahora mismo, somos un producto fantástico de la ciencia y de la cibernética, hemos domado el caballo de la tecnología y arrodillado el átomo a los caprichos de las maquinaciones. Hemos roto las barreras que dividen lo real de lo virtual maravilloso y sin embargo miro a mí alrededor y no encuentro la risa de los hombres; hemos dejado en un tramo del tortuoso camino del género humano, el encanto que tiene la ilusión y la inocencia, únicas llaves para llegar a la esperanza.

No quiero perturbar el rumbo de tus días ni el ritmo de tus cosas, pero nuestra relación recién cumple dos mil años y aun tengo tantas preguntas sin respuestas. Hay tantos ríos que nacen de la vida y mueren sin encontrar sus justos cauces, hay tantos surcos tendidos a los sueños y pocos hombres que quieren ser semillas. Hay tantas páginas en blanco en el libro de las realizaciones, tantas ventanas abiertas a las miradas limpias de soñadores nuevos, hay tantos horizontes suspendidos en las alas pavorosas de nuestras utopías, que me animo a escribirte esta cuartilla para pedirte que apostemos a la vida.

Que a pesar de las guerras, apostemos a la inocencia de la rosa, que a pesar del horror y la tortura, apostemos al amor y a la poesía, que a pesar del engaño y las trincheras, apostemos a la verdad y a la vigilia.

Quiero pedirte en nombre de todos los que iniciamos el nuevo amanecer de este milenio, que a pesar del odio y las fronteras, apostemos al abrazo y a la danza, que a pesar del dolor y de la inquina, apostemos al amor y a la ternura. Y sobre todo, hermano, que a pesar de la encrucijada de unos pocos, apostemos entre todos a la vida.
Tu hermano,
CSB


Glosa a Liborio 
Décimas

Bajo el ala del sinsonte
donde nace la alegría,
él construyó su poesía
hecha de lluvia y de monte.

De su corazón brotaba
un viejo salmo mambí
cantando en carabalí
la estrofa que perfumaba
por eso su voz rasgaba
como una herida del monte
coloreando el horizonte
del color de su agonía
pues su esperanza dormía
bajo el ala del sinsonte.

En la ceiba de sus brazos
hizo nido nuestro orgullo
reclamando como suyo
nuestros sueños en pedazos
en el polvo de sus pasos
se hizo carne la utopía
de ese pueblo que vendría
por el camino más duro
para fundar su futuro
donde nace la poesía.

Sobre su pecho la escoria
enmascaró su cizaña
mas su voz es la montaña
de donde baja la historia
por eso hoy su memoria
se agiganta día tras día
convirtiendo en fantasía
lo que ayer fue sufrimiento
porque en las alas del viento
él construyó su poesía.

El campesino más puro
que sueña con la alborada
y el que no tiene más nada
que esperar en el futuro,
el que desteje el oscuro
camino hacia el horizonte,
el que a dúo con el sinsonte
hace despuntar el día
construye en él su poesía
hecha de lluvia y de monte.