miércoles, 16 de enero de 2013

Parecía como si Daika se hubiera extraviado en un profundo laberinto


Fernando Ureña Rib














Fernando Ureña Rib

Cuento

Laberinto

Cuando aún era pequeño y su dedo índice podía hurgarse sin tropiezos la nariz, Daika Ushida se aficionó a la lectura de revistas fantásticas. Aprendió a dibujar las ilustraciones y componía historias frenéticas y apasionadas que terminaban con la muerte de un héroe ennoblecido. Inducido por sus compañeros de escuela, esa afición se transformó en tecnología. Pasaba largas horas, inmerso, ausente, manipulando vídeo juegos y creando guerras con enemigos perversos e imaginarios, cuyo único propósito era el asesinato sin sentido.

Chiyoko, su compañera de escuela, lo observaba preocupada. Parecía como si Daika se hubiera extraviado en un profundo laberinto del que ya no podría salir jamás. Sin embargo, ella estaba determinada a rescatarlo. Solo le sería posible salvarlo con el alimento, se decía, pero Daika no comía casi nada. Tomaba pastillas de proteínas, vitaminas, minerales y bebía sodas. No estudiaba, casi no dormía.

A insistencia de Chiyoko, él probaba un bocado y de inmediato volvía a los audífonos y aparatos electrónicos que le compraban sus padres ausentes para satisfacer su ansiosa necesidad de compañía. Aunque él podía olvidarse de su entorno, tenía amigos y enemigos virtuales en Los Ángeles, Hong Kong y Australia. Su mente se internaba vertiginosamente en lugares remotos y selvas inextricables. Era asediado por asesinos armados, bestias salvajes, monstruos gigantes y plantas carnívoras. El horror y realismo de las batallas le ocasionaban angustia de día y tortuosas pesadillas en la noche. Con frecuencia le sobrevenían intensos estados febriles. La joven temía que un día habrían de reventar los tímpanos de Daika.

Chiyoko, paciente y tenaz siguió con su plan y aprendió los secretos de la comida japonesa. Le preparaba deliciosas bolas de arroz, olorosos tempuras, tonkatsus y sashimis. Le suprimió las pastillas y las sodas. Aunque le dejaba jugar todo cuanto quería, abría las puertas de su habitación para que el irresistible aroma de sus platos le invadiera. El anzuelo del hambre le mordía y Daika no tenía otro remedio que levantarse y sentarse a la mesa con Chiyoko. Al principio no hablaba, solo comía apresuradamente.

“Quiero mostrarte algo” le dijo Chiyoko una mañana, “debes venir conmigo:” Y él fue con ella en el Metro, a regañadientes y descubrieron el centenario Zoológico de Ueno. Otro día visitaron los Acuarios y parques botánicos de Tokio o iban al cine, o caminaban por el área monumental de Chiyoda, o comían por esos restaurantes que hay en los barrios de Shinjuku y Shibuya.

Con el tiempo Daika Ushida comprendió que existe el amor y que hay un mundo fascinante ahí afuera.
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