lunes, 4 de febrero de 2013

Al acostarme dudo si existo o si podré dormir

















El dudante

Cuento

Fernando Ureña Rib


-Respetable señor, he venido a verle porque soy creyente, y sin embargo dudo. Como Moisés, quien dudó un instante, cuando pidió ver el rostro de Dios, como el apóstol Pablo cuando estaba ciego, como Tomás que reclamaba evidencias físicas y palpables. Y también como San Agustín y como Descartes, dudo. Para mí la duda es un ejercicio cotidiano, un instrumento de trabajo, como martillo para el carpintero.

Al salir de casa abro la puerta y antes de cerrarla, dudo. ¿Habré olvidado algo? ¿Llevo las llaves? Titubeo. Al echar una carta al buzón vacilo con un ligero estremecimiento. ¿Olvidé escribir algo? Cuando me voy de viaje y cierro las maletas, dudo. ¿Habré puesto todo cuanto necesito? ¿Estoy cargando demasiado? Y en la cocina: ¿He condimentado con suficiente pimentón el gulasch? ¿Hará falta un poco de sal en el asado? ¿Habré sobre cocido el pescado?
También dudo del amor. ¿Soy para ella un capricho fugaz, una tabla de salvación, un delirio? ¿Soy su trofeo, su carta de triunfo? ¿Ella solo busca satisfacer sus ansias de cariño y compañía? ¿Es ella un acierto o un fracaso? ¿Lo soy yo? ¿Es el amor una trampa que nos compromete? ¿Por qué es preciso renunciar a tanto para alcanzar el amor? Dudo.

Al acostarme dudo si existo o si podré dormir. Dudo de mi trabajo y me quedo ahí acostado, mirando la TV. Entonces dudo del pastor ferviente, del imán absolutista, de las iglesias, de los fundamentalistas, de los líderes políticos, de los banqueros, de los capitalistas, del dinero, de los poderosos, de sus guerras atroces. Siguen los programas y dudo de la bolsa de valores, de sus artimañas, de los economistas y financistas, quienes fabrican la urdimbre de la crisis como si se tratara de una alfombra persa. Dudo de los periodistas a quienes les compran el silencio, de los diarios que tergiversan los hechos, de los que quieren venderte cualquier cosa. Dudo de los magos y sus trucos, pero al ser inofensivos, los amo igual.

Me quedo ahí agazapado y miro en la TV las solemnes instituciones, los circunspectos señores de la Cámara de Representantes, del Congreso, de las Cortes Federales. Se limpian el bigote con la corbata y con la manga y llevan una temible sorna en sus miradas. Dudo del gurú, del chamán, del cura, del obispo, del cardenal, del Papa y de los monaguillos. Y también de las guerrillas, de los terroristas, de los paramilitares, de los carteles, de los comunistas y los aristócratas. Todos son culpables, concluyo.

Ah, pero no dudo de Jesús, de Pitágoras ni de Jenofonte. Sería irrespetuoso dudar de un hombre dispuesto a morir por lo que cree. Dante y Shakespeare mentían, pero sabían hacerlo. Además, eran como yo, dudantes furibundos y empedernidos. Para Fellini, Cortázar o Mauro Bolognini la mentira era solo una de las formas de la verdad.

Hago café y miro las esquelas mortuorias y no dudo. La muerte es la única verdad posible, me digo. La realidad que nos hace conscientes del innegable maquinar del tiempo. La muerte es punto final, verdad absoluta, radical. Ocurre una vez y a cada uno. ¿Es un punto de fuga? ¿Es un escape (como el del ilusionista de la televisión) que propicia una liberación desconocida? ¿Es la muerte otra mentira? Doctor, perdone, no soy esquizofrénico. ¡Dudo! ¡Eso es todo! ¡Tengo derecho a dudar! ¡Vamos! ¡Soy humano!

-¿Está seguro de que está usted aquí ahora o lo está soñando?

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