viernes, 6 de julio de 2012

La gente es abierta, amigable, el clima es cálido y la naturaleza...


Fernando Ureña Rib


















Vikingos
Cuento

Fernando Ureña Rib

Por el malecón de Santo Domingo caminaba un hombre joven frente a mí. Llevaba sandalias, vestía de blanco y su abundante cabellera rubia se mecía al vaivén de la brisa marina. Al llegar a la esquina de la avenida Pasteur se detuvo, miró la calle confundido y pregunté si le podría ayudar. Apenas hablaba español. Le orienté hasta llegara a un pequeño apartamento amueblado que él alquilaba en el Reparto Aguedita, de la avenida Bolívar. Se llamaba Manny y provenía de Noruega. Estudiaba las posibilidades de quedarse en República Dominicana y abrir un negocio.

- Es curioso que quieras abrir un negocio en la Isla de Santo Domingo, cuando una buena cantidad de dominicanos prefiere arrojarse al mar en una frágil embarcación y luchar con la muerte, abrigando la ilusión de mejorar su vida.
- Me gusta mucho el país. La gente es abierta, amigable, el clima es cálido y la naturaleza exuberante. Ustedes son afortunados. En Noruega pasamos tres cuartas partes del año bajo la nieve fría, los inviernos son largos y oscuros y la gente se siente deprimida y triste.

- ¿Y qué negocio querrías abrir aquí?
- Un bar en la playa. Aquí el alcohol es barato, los impuestos bajos y a la gente le gusta salir, beber y divertirse. Creo que tendría aquí buenos márgenes de beneficio.
- El negocio de bares suele ser arriesgado. A los bares entra toda suerte gente y el alcohol la transforma. Además, contrario a lo que pasa en Noruega, aquí hay una enorme e injustificada cantidad de armas en manos de la población civil. No sé si será buena idea.
- Haré un bar diferente. Es algo que nunca se ha visto por aquí.

Luego de aquel encuentro fortuito, nos hicimos muy amigos y discutíamos con frecuencia su proyecto. Buscó socios y adquirió préstamos en Noruega. El bar se llamaría «Vikingos» y estaría en una especie de barcaza o arca flotante, anclada en la playa de Boca Chica, que es de bajo calado y es cercano a la capital y al aeropuerto. El diseño proveería alojamiento para las azafatas, unas jóvenes suecas y noruegas, de cuerpos espléndidos, que empezaron a llegar y a hospedarse en mi casa. Yo no les cobraba dinero, solo les pedía que posaran desnudas para mí. Ellas se despertaban tarde, pintábamos luego del almuerzo y en las noches nos íbamos a nuestro bar favorito de aquella época, El café Atlántico. Todos estábamos felices.

Cuando la construcción del arca estuvo terminada, empezaron las angustias del proyecto. Se necesitaban muchos permisos. Las coimas y sobornos que les pedían funcionarios corruptos eran más dispendiosos que los impuestos mismos. Manny hizo diligencias de acá para allá infatigable, pero le negaban los permisos y le hicieron imposible abrir su local. Solo logramos hacer espléndidas fiestas privadas en la cubierta, bajo la luna llena.

Un mal día se precipitó un huracán terrible y despedazó todo el maderamen de la barcaza en las aguas furiosas del mar Caribe. Manny y las hermosas modelos del «Vikingos» no tuvieron otro remedio que regresar cabizbajos a las frías praderas y a los imponentes fiordos de Noruega.