viernes, 17 de agosto de 2012

Desde una preciosa mesa a una romántica silla
















Pino dominicano
(Pinus Occidentalis)
Décimas

Gabriel Moquete

¡Nuestro pino, nuestro pino!
¡Atlético, vigilante,
siempre altivo y elegante
en montañas, en caminos!
Está en todos los destinos
geológicos del país.
Nuestra tierra cumple así
como madre que amamanta
con la savia que le imanta
para hacerlo más de aquí.

El pino dominicano
es de alta calidad
abunda en gran cantidad
en nuestro suelo antillano.
Es de maderaje sano,
de elaboración sencilla,
en ebanistería brilla
su delicada belleza,
desde una preciosa mesa
a una romántica silla.

Como verdes estandartes
embebecidos de celos
parece rozar los cielos
trepados al Pico Duarte.
Y convertidos en arte
enmarcan, hechos cañuelas
a las disfrazadas telas
de destacados pintores
como joviales pastores
en pose de centinelas.

Una resina pastosa
emana de su corteza
que contiene gran firmeza
para adherir varias cosas.
Llaveros, pieles lustrosas
en las talabarquerías,
también relleno de estrías
y cubre ciertos rayones
propios de las confecciones
en las ebanisterías.

Esa resina pastosa
tiene un brillo original
que a los muebles suele dar
la terminación lustrosa.
Una noche «merengosa»,
con la luna a luz de plata,
la moderna serenata
se acompaña con el pino,
formando un gran remolino
al compás de su fogata.

Del pino la trementina,
además de disolvente
tiene usos muy frecuentes
de popular medicina.
El pino así peregrina
como viajero de amor
pues tanto anda su verdor
por lo alto en poderío
como en un manso bohío
mitigando algún dolor.

No permitamos jamás
que este ídolo de montañas
sea víctima de las mañas
del monstruo de la maldad.
Cuidemos el habitat
de este madero divino,
¡lucha contra el asesino
depredador ambiental!
¡Viva el árbol nacional!
¡Protejamos nuestro pino!