lunes, 27 de agosto de 2012

El asesinato de mujeres a manos de sus esposos y amantes



















El holocausto silencioso

Fernando Ureña Rib

Todo holocausto implica sacrificios humanos o animales, sin importar el dios, templo o lugar en que esos sacrificios ocurrieran. En los templos antiguos se acostumbraba consumir la carne de los animales sacrificados. Los sacrificios humanos están presentes en todas las formas de religión, de una manera u otra, de acuerdo a como sean las enseñanzas y doctrinas.

La palabra «Holocausto» (cuya raíz griega alude a ofrendas de sacrificio pasadas por el fuego) nos refiere al exterminio sistemático de judíos durante la II Guerra mundial a manos de Hitler. Aquella horrenda política de Estado del totalitarismo Nazi desde 1941 nos conmueve y empuja a renegar de la bondad de la especie humana. La humanidad ha sufrido genocidios desde sus orígenes y lo peor es que continúa ocurriendo hoy sin que podamos vislumbrar su fin.

De acuerdo al Pentateuco, Dios mismo se vio obligado a provocar exterminios masivos, dada la maldad humana. El mayor de ellos fue el Diluvio (una desglaciación de los casquetes polares, según científicos). Siguieron los exterminios de fuego y azufre en Sodoma y Gomorra, aludiendo la violación de normas morales que desconocían aquellos depravados habitantes.

Los egipcios también padecieron de la ira divina al tiempo de las diez plagas. Según Moisés, ese exterminio culminó al sepultar en aguas del Mar Rojo al ejército egipcio. Babilonios, asirios, ninivitas, moabitas, amalequitas y otros grupos étnicos sufrieron la aniquilación anunciada por los profetas.

Las Cruzadas fueron guerras instituidas por el papado para recuperar a Israel de los turcos. Durante siglos se vertió, en el nombre de Dios y de forma abundante, la sangre de sus hijos. No con menor daño, los seguidores de Mahoma emprendieron hazañas militares para convertir cristianos e idólatras a la adoración de Alá, como se dicta en el Corán. Aún se llama «santa» a esta guerra y su holocausto continúa. Los creyentes pueden inmolarse a fuego y sacrificar la vida de otros, suponiendo que Alá les perdonará y recompensará con vida eterna.

Durante la Edad Media y gracias a la unión entre la Iglesia y el Estado, la Inquisición envió a la horca y la hoguera un incontable número de personas, acusadas de herejía. Las víctimas de estos asesinatos eran católicos que se atrevían a cuestionar la «verdad» de la doctrina.

Durante el Renacimiento ocurrió la división del pastel de la cristiandad. A sangre y fuego los protestantes se hicieron dueños del Norte de Europa, con excepción de Polonia, y los católicos de gran parte del Sur. De ambos lados se cubrió aquel pastel ensangrentado con capas de suspiro y crema.

El Descubrimiento de América implicó un gran exterminio. Pueblos enteros fueron arrasados, aniquilados. De los taínos de la Hispaniola, un pueblo numeroso, apenas quedan vestigios. Con la bendición eclesiástica se tumbaron muchas cabezas. Nunca sabremos cuántos pasaron por el fuego y la espada.

Hay genocidio en la historia reciente. En el siglo XIX los británicos exterminaron a todos los habitantes de Tasmania, una isla enorme al sur de Australia. Entre 1915 y 1923 los armenios sufrieron exterminio sistemático a mano de los turcos. Crueles marchas forzadas a través del desierto de Siria acabaron las vidas de dos millones de armenios.

Hace poco y motivada por las mismas razones genocidas, la II Guerra Mundial terminó la vida de 50 millones de personas.

Sin embargo, hay otro gran holocausto que ocurre desde el principio de la humanidad y sigue arrasando hoy en todo el mundo. Es el asesinato de mujeres a manos de sus esposos y amantes.

En Estados Unidos, en el Islam y el cristianismo, en China, India, Rusia, África, Asia, Australia y América miles de mujeres son asesinadas cada día. La cantidad es innumerable. Es el mayor, más antiguo, denigrante y vergonzoso holocausto. Es el holocausto silencioso.