viernes, 3 de agosto de 2012

La mirada de fascinación en sus ojos pardos no se aparta de la tuya

Fernando Ureña Rib





















Luna de miel
Cuento

Fernando Urena Rib 

Sacas un nombre del sombrero. El nombre está escrito en un papel doblado. Lo sostienes en las yemas de los dedos, temblorosa. Dudas. Por unos segundos dudas si has de abrirlo o soltarlo en medio de los otros papeles doblados y revueltos que hay en el fondo del sombrero.

Respiras profundamente. Sabes que en ese papel ha sido escrito el nombre de quien habrá de ser tu compañero. No es un juego. Es una decisión a ciegas que cambiará tu vida. Todos te miran expectantes. De un lado hay un grupo de hombres solteros, desconocidos, de muy buen nivel económico, apuestos, como esos personajes de las novelas de Corín Tellado a las que eres adicta.

Del otro, las muchachas, sentadas en atención, con corazones anhelantes.

Te decides abrirlo. Pase lo que pase. Has esperado por mucho tiempo al hombre de tus sueños y jamás apareció. Muchos vinieron y se fueron cantando. Tú quedabas llorando. Tienes 36 años. Ya lo probaste todo. Los bares de copas, las columnas personales, las agencias matrimoniales, la citas a ciegas, los clubes, los casamenteros y ahora esto: Un crucero para gente soltera en el Adriático.

Es la noche del viernes, el barco ha dejado Dubronik, hacia alta mar ya camino a Esmirna. Todos han cenado y están alegres por el vino. Ya muchas personas han encontrado su pareja sobre cubierta o en los pequeños restaurantes adosados a babor y a estribor. Quienes ya encontraron pareja no tiraron sus nombres al sombrero. El crucero hará el domingo la ruta de retorno, desde Estambul. El sábado será noche de bodas y el trayecto final será luna de miel.

Comienzas a desdoblar el papel con alegría. Si lo cambias aparecerá otro nombre. ¿Cuál es la diferencia? Has venido a probar la fortuna, el puro azar. Aparece la primera letra: “A”. Respiras hondo, te armas de valor y gritas a todo pulmón: “¡A!” Cinco hombres se levantan. Les sonríes a todos y haces una pequeña genuflexión. “¡R!” Tres hombres se sientan. Quedan dos. El afortunado se podría llamar Armando, Arturo, Archimboldo… Lees finalmente en alta voz: “¡Arnaldo!”

El hombre se acerca. Tiene lindo perfil, bonita boca, es alto y fornido. La mirada de fascinación en sus ojos pardos no se aparta de la tuya. Es como una ensoñación, un delirio, la locura misma del amor.

La pesada novela romántica que sudaba en tus manos, cae ruidosamente al suelo y despiertas. Apagas la luz. Duermes y vuelves a soñar. Ahora con la boda y la luna de miel.