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Cuento





















EL JARDÍN

Se mudó a una casa triste, sin balcón ni ventanas. A no ser por un rayo de luz que entraba por la claraboya, él no habría sabido nunca si era de día o de noche, si la lluvia o el sol bendecirían los campos. Se había traído algunos libros pero no los abrió porque le era difícil leerlos con aquella luz pobre e infeliz. Además, quería olvidarlo todo: La fatigosa necedad de los hombres, su acendrada arrogancia y vanidad y la gran avaricia que dominaba el mundo.

Y sin embargo un día, el hombre descubrió que aquella única luz era el centro de la casa, es decir, de su pequeño universo. Los insectos y las enredaderas buscaban aquella luz ansiosa y desesperadamente.

Buscó con su linterna y halló en la casa tierra, agua y simientes. No sabía qué crecería de ellas, pero se dejaba sorprender del milagro cotidiano de la germinación. Se entretuvo sembrando aquellas semillas y viéndolas crecer en torno a la luz que provenía del centro mismo de aquel universo pequeño y silencioso en el cual él regía. Algunas de esas semillas eran de flores, otras de árboles gigantes, otras de plantas pequeñas, medicinales, frutales, venenosas. Con el tiempo éstas llegaron a exigir más agua, más aire y más luz, si no languidecían y morían. Entonces el hombre empezó a abrir paredes y a permitir que la lluvia y el aire azul bendijeran su jardín interior.

Tan hermoso y bien cuidado llegó a ser aquel jardín abierto, que las aves de todo el mundo proclamaron su belleza y los animales de las más remotas regiones de la tierra, vinieron para vivir en él y celebrarlo. Entonces Dios, que lo domina todo desde lo alto, dijo: «Adán, no es bueno que continúes tan solo. Voy a hacerte una compañera idónea». Y creó a su mujer, Eva.

Fernando Ureña Rib

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