Texto erótico de una periodista

Petra Saviñón Ferreras




Cuento












Succión  filosófica


Petra Saviñón Ferreras



Esta excelente periodista y abogada que es Petra Saviñón Ferreras es una desenfadada escritora que entrega con una soltura increíble en que la ambición morbosa se retuerce al no encontrar su objetivo. Por encima de lo erótico y el aparente desenfreno está la calidad literaria de nuestra amiga. Cuando terminas de leer uno de sus cuentos te queda el sabor agradable de un buen texto, tratado con soltura, con sencillez como con rigor literario. Agradecemos a Petra su cuento. Léelo.

La mujer estaba delante de mí. Inquisidora, me miraba en espera de una explicación. Aunque no la necesitaba, porque  ya me había condenado. Nada de lo que dijese iba a cambiar la sentencia.

Podría contarle que eso no había sido nada, que era un simple desahogo, la satisfacción de una necesidad  fisiológica.

Explicárselo no era problema. Tampoco decirle que no era la amante del novio de su hija y que probablemente no iba a tener otra vez la oportunidad de sudorosa y jadeante quitármele de encima, como cuando entró a la habitación y nos encontró, a mí ocupada en extraer aquella leche  viscosa y agridulce y  a él con los ojos tan cerrados y el rostro tan contraído que sólo se enteró de su presencia cuando le gritó que era un sinvergüenza.

Era muy probable que no volviéramos a estar juntos en cueros en la cama de su cuarto ni en otro espacio. De hecho, más que dar rienda suelta a un placer desbocado e incontrolable que no midió consecuencias, lo que hicimos fue saldar una deuda de años, en la que el sexo fue lo menos importante.

Fue casi un compromiso que me dejara llevar hasta ese apartamento y que ocurriera lo que ya sabes que ocurrió.  Evitaba aquel cuerpo atlético, blanco y delicado, que en múltiples ocasiones se me ofrecía, de inicio de manera sutil, coqueta, después de forma imponente y con una carga de agresividad sexual capaz de hacerme venir en ese mismo instante  y que sin embargo no me inmutaba.

Quería complacerlo después de tanta solidaridad suya  y de tantos desplantes míos. Lo haríamos esa vez, como mi mejor vez, con mi mayor entrega y después ya no habría una segunda ocasión.

Si una cosa tenía Elías era precisamente que se adaptaba a la perfección a todos los calificativos dados por su suegra. Sinvergüenza, mujeriego, libertino. No sé cómo no trató de conquistarla una de esas veces en las que acudía a ayudarle con la limpieza de ese nido de soltero, cuya fama en lugar de causar repudio, ejercía un magnetismo tal que todas sus conquistas querían hacerlo allí.

Para  mantenerme indiferente buscaba una explicación en la que me convencía de que en su larga lista de conquistas se ocultaba un eterno vacío y unas ganas locas de encontrar un amor que lo atrapara.

Sí, es la primera conclusión que puede llegar a la cabeza de un iniciado en sicoanálisis y era la que me reiteraba para evitar caer, no en sus garras, a las que no temía, sino en su cama de macho seductor, cuya fama de buen amante había escuchado tantas veces, de tantas mujeres tan distintas.

¿Por qué si no me importaba que Elías tuviese todas las mujeres que le aceptaran, me negaba a formar parte de ese harem?  ¿Por qué yo precisamente, que estaba consciente de sus amoríos y a la que nunca engañó, no había cedido a sus súplicas. Más aun, si podía dejarle hacer y luego despedirme sin que eso afectará nuestra amistad? La respuesta rápida que puedo dar es que no me atraía.

Quizás si intentara profundizar encuentre razones más de peso, como que no me perdonaría traicionarme. Me había propuesto no satisfacer sus demandas y saborear el gusto de ser la que se le negara.  Orgullo infantil, lo sé.

Otra razón es que la valía  humana de Elías y lo que representa en mi vida están por encima de una relación sexual, por placentera que fuera. Años de amistad, de vivencias, anécdotas ridículas con parejas sexuales que iban y venían.

Por supuesto, entre cuentos y ocurrencias, no faltaba nunca su manifiesto interés de tomarme allí mismo, en el lugar que fuera y no faltaba tampoco mi rechazo entre risas.

Los distanciamientos y reencuentros servían para cuantificar nuestros errores. No prometíamos enmendarlos, porque no podíamos. Estábamos irremediablemente perdidos.  No nos importaba acumular historias que cargábamos como fardos en espaldas de ancianos.

Nos escudriñábamos, buscamos signos de una alejada adolescencia. Él todo un galán, yo según su apreciación, pasada de muchacha decente a mujer demasiado liberada, como para no intimidarlo.

En vano le explicaba que era la misma persona y que estas son mis ideas de siempre, que no necesité venir a esta ciudad de espejos para modificarlas, que sólo tuve un espacio distinto para dejarlas escapar a plenitud. A veces hacía como que me creía. No sé si alguna vez lo convencí.

Tal vez el paso del tiempo nos hacía buscar un refugio, un escape que no nos absorbiera en las fauces de la cotidianidad. Esa sólida amistad era un respiro para mi, quizás demasiado metida en mis depresiones como para pensar en un mundo fuera.

La primera vez que estuvimos casi a punto, como en otras ocasiones de mi vida, lo eché a perder. Mis dudas, mis inseguridades, mi abstinencia prolongada se acumularon de pronto para mofarse, para una vez más dejarme mal parada.

Nos alejamos, hasta el segundo encuentro y otra vez mi reputación de buena amante salió lastimada. En esta ocasión los tragos de más no solo no me ayudaron. Prolongaron mi molestia más allá de lo considerado normal. Estaba anulada  por una embriaguez que me ridiculizaba y de la que no puedo culpar a Baco, sino a mi falta de temple.

Ni esa noche ni la siguiente estuve a la altura de mis propias exigencias. Me decepcioné y sé, aunque no lo dijo, ni con palabras ni con actitudes, que decepcioné de igual modo a Elías, cuyo rostro enrojecido por el placer no me dejaba leer en sus líneas.

Como si no bastara mi fracaso como amante, que ahora atribuyo a la baja anímica que me causaron el alcohol y el ridículo que  lo  acompañó, tenía que entrar doña Sofía, justo en el momento en el que hacía desganados esfuerzos por complacer ese falo tan blanco, tan suave, prisionero entre mis labios.

La mujer tiene 58 años y su hija, Anita la aplicada, 27.  Aunque la conozco desde que era una niña, nunca tuvimos contacto y más aun, me enteré de que era la novia de Elías cuando me lo dijo desnudo, con aquella cosa bien rígida,  sentado  a mis espaldas, tan pegado que sentía su estómago subir y bajar, al compás de su instrumento.

Por Ana no puedo más que sentir un poco de lástima. No la trato, no sé cómo piensa, qué hace cuando está lejos de su amado, pero el solo hecho de soportar sus aventuras merece canonización. Para ser honesta, realmente no sé si está enterada. Tal vez esa ignorancia es la que la ha llevado a querer formalizar una relación con aquel descarado. Quiere llenar el patio de su casa materna de tantos Eliitas como le sea posible al fértil donante.

Elías  tiene tres hijos de distintas madres. El más pequeño nació durante la relación con Ana. Otros ni siquiera nacieron. Se encargó de matarlos antes. Quizás por eso se autoproclama semental.

Me da un poco de pena. Todas las arrugas que nos deja el tiempo nos envejecen el alma y los planes de Elías, igual que los míos se rezagan. Esta es, por tanto, una confesión de mi propia desgracia.

Tal vez soy el reflejo de Elías en mis espaldas. Tal vez esa sea la razón por la que no entendí el alboroto de doña Sofía por una simple mamada.

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