martes, 8 de noviembre de 2011

En este país todas las minorías son una comunidad multiplicada por la diversidad

Rubén Sánchez Féliz





E  N  T  R  E  V  I  S  T  A












No se ha resaltado 
que Rubén Sánchez Féliz
ganó dos premios de novela
en sólo un año


Clodomiro Moquete

Cuando el dominicano amanece con el diablo en la cabeza, reniega de todo, arremete contra todo, pero en el fondo extraña su patio, claro que sí, es más, lo quiere, mucho más de lo que se imagina. Por otro lado, es cierto que en una ciudad como Nueva York uno tiene la oportunidad de intercambiar con distintas culturas y eso enriquece, sin embargo, pienso que lo universal se puede encontrar en el rincón más remoto de la bolita del mundo. La Mancha, por ejemplo. Comala, Santamaría, Macondo, la Praga kafkiana...  


Clodomiro.- Me parece que en el plano cultural y especialmente literario los dominicanos residentes en Estados Unidos son una comunidad multiplicada por la diversidad. ¿Puede ser multiplicada la diversidad? Multiplicada por los complejos. Todos o casi todos y todas están marcados por el sino de la dominicanidad, algunos como un dolor lacerante, como a los negros que nos estampaban. Maldición. Cada uno lleva la señal del incendio de la Isla. ¡Arrechucho! No puede quitarse ni desquitarse. Mira como estoy cayendo en este precipicio.




En el año 2004, antes de morirse, el gran escritor Enriquillo Sánchez definió al dominicano. En una entrevista que concedió a la escritora Patria Báez Martínez, Enriquillo dice que, «lo que llamamos entre comillas dominicanidad, no es más que una condena, estamos desde el siglo XIX condenados a ser dominicanos, es que no había otra alternativa, no podíamos ser otra cosa y tuvimos que ser dominicanos, al extremo de que todo el que ha podido irse de este país, se fue, hubo emigraciones por las invasiones haitianas, hubo emigraciones cuando Boyer llegó al país. También sucedió con la muerte de Trujillo, todo el que pudo se fue, todo el que puede se va, esa es una de las características fundamentales de nuestra historia: No queremos estar aquí, preferiríamos estar en los países... Y cuando llegaron los haitianos, todo el que podía, la clase dirigente dominicana, emigró a Venezuela, a México. Ahora, otros no pudimos irnos y somos dominicanos».




A lo que ha dicho Enriquillo hay que sumarle y la suma se irá al abismo de este precipicio. Ñeca. Muchos (¿todos los?) que se han podido ir son dominicanos. Y los que encuentran medios para hacer a lo dominicano su musaraña, su mueca burlona, lo hacen. Quieren decir y desdecir de los dominicanos, de su condición de dominicanos... No quiero continuar con esto, que no es más que una introducción para la entrevista...

Rubén.- Antes de contestar la primera pregunta, quisiera comentar algunos de los puntos que tratas en tu introducción, incluyendo el juicio de corte existencialista que hace nuestro Enriquillo Sánchez al definirnos. En el primer párrafo explicas que el dominicano que reside en Estados Unidos está marcado por el sino de la dominicanidad, hablas de un dolor lacerante y de «la señal del incendio» de la Isla que llevamos, acaso el negro detrás de la oreja, como dicen popularmente por allá. Sí, es cierto que esa «señal» nos delata, pero no creo que llegue a los niveles de ser «un dolor lacerante», por lo que disiento de esa apreciación que considero un tanto hiperbólica y hasta dantesca, si se quiere. María Lugones, en su ensayo «Pureza, impureza y separación», alude a un ojo categórico en la sociedad anglosajona que nos clasifica. A todos. O sea, que si alguien le pregunta a un asiático o latino algo tan simple como «¿De dónde eres?, se espera que éste responda partiendo de «la señal» que lo delata; la respuesta sería algo así como soy chino o mexicano, aunque haya nacido aquí. Extraño, ¿no? Con los blancos el caso es distinto, pues éstos poseen los rasgos del ojo categórico y, por lo tal, no tienen que responder «soy noruego», «soy irlandés» o «soy alemán», les basta con decir soy «de Nueva York» o «de Nueva Jersey» o «de Búfalo». En este país todas las minorías son, como señalas, una comunidad multiplicada por la diversidad. No voy a negar que sea un problema, porque el ojo categórico es quien configura los esquemas económicos, políticos y sociales de esta nación. En ese sentido sí que es perturbador, pero insisto, no llega al «dolor lacerante». En cuanto a la definición de Enriquillo Sánchez, a ver, dime quién no está condenado a ser esto o aquello en la vida si, como diría Heidegger, estamos arrojados al mundo, estamos, paradójicamente, condenados a ser libres, dice Sartre, por ello viajamos, salimos a los países, no nos quedamos porque sentimos que nuestra media isla está llena de atajos, los políticos roban a diestra y siniestra y no pasa nada. Nadita de nada. Por último, cuando dices que el dominicano que viaja le hace «musaraña» y una «mueca burlona» a lo dominicano, me remites a la escena de Lazarillo de Tormes, ésa en la que el negrito huye de su padre y le llama «coco» por ser negro, y la sabia reflexión de Lazarillo a posteriori: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!».

¿Crees tú que esa estampa que nos pegaron incandescente durante la colonia...? ¡Ah, confusión! ¡No, no puede borrarse! Importantes artistas e intelectuales dominicanos residentes en Estados Unidos tienen un nudo con el idioma y la manera de comunicarse. Una importante artista plástica que reside durante años en La Florida salió del país cuando era adolescente o en los primeros años de la juventud, cuando todavía era el español su «primera» lengua, pero luego debió estudiar en inglés, desenvolverse en inglés, hacer lo cotidiano en inglés. El español definitivamente se quedó como segunda lengua. Pero el mundo dominicano, el de la Isla, es cada vez más importante, culturalmente cada vez más importante. Entonces ella, la artista plástica a que me refiero, prefiere comunicarse en y con los medios dominicanos, en inglés. Porque le da apuro. Ha perdido la soltura conque se comunicaba en español y envía a la Isla sus textos en inglés. Es cada vez más obligatorio comunicarse con la Isla, mira que vaina del carajo. Las líneas culturales de la modernidad están en nuestro territorio, llegan aquí. Qué cosa del carajo. Te puedo mencionar otro caso, con nombre y apellido. La distinguida académica Ramona Hernández es alguien que yo entiendo tiene dominio del español, pero la señora Hernández no envía a Santo Domingo ni un papelito en español, todo en inglés, ¡y no son ínfulas! En mi caso, como editor de medios, me tengo guardado si entiendo y leo bien el inglés, el espanglish o el güiri güiri, como le ha llamado Josefina Báez. Me lo guardo no porque me da la gana sino aparte de que no me da la gana porque mi gestión es la de editor de medios en español. A mí como editor de medios me interesan, como a la generalidad de los dominicanos, los textos de Ramona Hernández, y quiero editarlos en español. Pero la infeliz no puede comunicarse en español.




Naturalmente que esos son casos resaltables. Pero hay muchos dominicanos, muchos, artistas, intelectuales, que residen en Estados Unidos, desean comunicar sus ideas, no quieren hacerlo en español porque ya no dominan el español como primera lengua, como para comunicarse con soltura en español, y prefieren hacerlo en inglés. En la Agenda Cultural, que edito diariamente, he publicado textos en inglés, sin traducción al español, lo que resulta un inconveniente. ¡Pero ya, Rubén, ya! Puedo seguir escribiendo cuchumil cosas que deben incluso resultar desagradables. Dime tu opinión sobre ese problema del idioma y..., ya sabes.

El educarse en un país extranjero y en una lengua distinta a tu lengua «materna» o nativa, implica un problema. Muchos de los intelectuales y artistas dominicanos que se educan en Estados Unidos en ocasiones recurren al inglés para comunicarse con los medios dominicanos, porque el idioma define, perfila al hombre o a la mujer, y como todos queremos vernos bien, lucir bien, no faltaba más, acudimos al lenguaje que dominamos. Esto, aunque lógico, puede ser una contrariedad. Por su puesto. Pero como vivimos en un mundo globalizado, esa contrariedad es más bien un desafío, tanto para los artistas como para los comunicadores. A mi juicio, ambos deben ceder un tramo, buscar el punto medio para mantener el diálogo. En Nueva York tenemos un alcalde que se enorgullece de hablar español, tanto así que en unos comerciales que lanzaron en tiempos de campaña para la alcaldía, el eslogan era «Nueva York es para ‘todos’». El mensaje, pronunciado por él, se tornaba ambiguo y cómico, porque en vez de «todos», se escuchaba «toros»: Nueva York es para toros. Imagínate la diferencia. Pero él se lanzaba, corría el riesgo de pasar de lo político a lo histriónico. Otros no quieren correr ese riesgo, optan por lo seguro.


Siempre estoy amenazando con ir a Nueva York y no cumplo. En cualquier momento estaré allá, caminando en el metro, en guaguas, en yola... ¿Hay yolas para remar en el Hudson? Espero tener un debate allá acerca de los dominicanyork que a) nacieron allá, b) llegaron cuando chiquitos, c) llegaron adolescentes, d) llegaron después que habían pisado las aulas universitarias en la Isla. Cada una de esas categorías tiene o puede tener un pensamiento uniforme y diferente. ¿Esta es una pregunta?

Concuerdo contigo, Clodomiro, hay una marcada diferencia entre los grupos que clasificas arriba. Cuando empecé a compilar los cuentos que componen mi antología Viajeros del rocío: 25 narradores dominicanos de la diáspora, por ejemplo, clasifiqué a los autores en tres categorías: 1) Los que nacieron aquí o llegaron a una edad temprana (es el caso de Junot Díaz, Julia Álvarez, Annecy Báez, Nelly Rosario…), 2) los que vinieron jóvenes y asistieron a la universidad en este país (como Osiris Vallejo, José Carvajal, Leonardo Nin, Víctor Manuel Ramos…) y 3) los que llegaron con títulos universitarios y una obra literaria con un cierto grado de reconocimiento en mi país (Franklin Gutiérrez, José Acosta, René Rodríguez Soriano, Tomás Modesto Galán, Ligia Minaya…). Los del primer grupo escriben en inglés y sus textos nos llegan traducidos. En los mismos trabajos que aparecen en la antología, se puede apreciar una gran diferencia en cuanto a la visión del mundo de cada grupo e incluso la forma en que exponen su condición de dominicano. Tomás Modesto Galán, un amigo entrañable, tiene un cuento titulado «Nacionalismo infantil». El texto me parece genial, porque expone magistralmente la mentalidad de los jóvenes de origen dominicano que nacieron por estos lados. Para ellos, la dominicanidad se reduce a ondear la bandera en los días previos y post Desfile Nacional Dominicano de Nueva York y desayunar con mangú, los tres golpes y un vaso de morisoñando.


Esta es otra pregunta. Intelectuales dominicanos que se fueron, que se largaron para Estados Unidos porque odiaban a este maldito país; intelectuales dominicanos en sentido general, artistas, escritores o profesionales comunes, descubren que el mundo dominicano de la Isla es muy estrecho y adquieren en los países otras opiniones, otros conceptos, otras conductas hacia lo universal. Algunos de ellos lo que han hecho es descubrir el helado en palitos... Es más, haré aquí mismo la anécdota de mi tío José de la Rosa, que fue llevado a Puerto Rico por dos de sus hijos que vivían allá. Cuando regresó a Santo Domingo vino maravillado y comenzó a contar todo el adelanto, las grandes avenidas, los supermercados, las heladerías, los restaurantes de lujo. ¿Sabes lo que hice Rubén? Que un fin de semana alquilé un taxi y me llevé a mi tío a las grandes avenidas de Santo Domingo, a los supermercados, a las heladerías, a los restaurantes de lujo y a otros establecimientos y modernidades como no los hay en Puerto Rico e incluso en Nueva York. Mi tío José se había pasado la vida en los bateyes, trabajando en la industria azucarera incluso con puestos importantes, como mayordomo, intendente, pero aunque tenía casa en Santo Domingo odiaba tanto a este país y a esta maldita ciudad que nunca había salido del barrio de Mejoramiento Social. Me vas a decir que hay muchos dominicanos que viajan directamente del Cibao, del Este, del Sur, a Nueva York, y encuentran las mismas maravillas, pero te voy a decir que en la mayoría de ellos el contraste que ven ellos no refuerza el odio que sí refuerza en el grupito de comelégamos que los grandes museos, las grandes maravillas, las grandes bibliotecas que les abren los ojazos, provoca para esa minoría el achicamiento de la cultura dominicana. Descubren que, con relación a muchas grandiosidades somos hormiguitas. Eso siempre ha sido así, desde antes de que Colón subiera el deo. Dime algo, dime lo que quieras, Rubén, ¡dime, dime! Dime incluso si crees lo contrario de lo que creo, háblame de mi contrariedad.

Cuando vengas a Nueva York, te voy a llevar al museo de cera y a dar un paseo por Times Square (pura broma). Hablando en serio: yo extraño mi media isla, mucho, muchísimo (¡quién no!), a pesar de que cuando me visaron a los 14 años, quise «desgaritarme» al otro día, pero cómo evitar ese impulso, si como dice nuestro gran poeta José Mármol, el viajar al extranjero y principalmente a Nueva York es parte de la idiosincrasia dominicana. Ahora, de ahí a odiar y despotricar contra mi país, nunca. Lo que sucede es que el dominicano es criticón por naturaleza. Lo digo a sabiendas de que puedo caer en el estereotipo. Cuando el dominicano amanece con el diablo en la cabeza, reniega de todo, arremete contra todo, pero en el fondo extraña su patio, claro que sí, es más, lo quiere, mucho más de lo que se imagina. Por otro lado, es cierto que en una ciudad como Nueva York uno tiene la oportunidad de intercambiar con distintas culturas y eso enriquece, sin embargo, pienso que lo universal se puede encontrar en el rincón más remoto de la bolita del mundo. La Mancha, por ejemplo. Comala, Santamaría, Macondo, la Praga kafkiana...

Indudablemente hay cierto resentimiento entre intelectuales dominicanos de la diáspora, incluso gente de mucho prestigio ha planteado que el caso de ellos es un exilio político, económico, y el resentimiento viene porque piensan que fueron extrañados de la Isla. Muchos fueron los visados concedidos sin llenar los requisitos que requiere el rigor consular, sólo porque se había acordado de gobierno a gobierno otorgar un número determinado de visas. Si eres un niño o un adolescente y a tu mamá o tu papá le dieron visa en esas condiciones y más adelante fuiste a parar a Nueva York, cierta nostalgia por el lar de la infancia te jode.

Duele, claro que duele, pero no creo que te joda, por el contrario, pienso más bien que te salva. A mí, por lo menos, me ha servido de mucho. Me explico. No voy a negar que la nostalgia dé durísimo. Pero a la vez, te transforma, te hace ver la vida con otros ojos, porque uno reconstruye ese espacio dejado atrás, lo reedifica en la memoria, lo idealiza, lo convierte en una suerte de nirvana, pero cuando regresas a él, ya no es lo mismo y el golpe es fuerte, reparas con el alma en vilo en que todo ha cambiado (incluyéndote). Entonces se regresa al nuevo hogar que en realidad no lo es: ya no eres de aquí, ya no eres de allá, te imaginas un puente, una frontera, y te sitúas en él, sabiendo que merodearás esos límites hasta que mueras, sin importar en qué lado del Atlántico te encuentres. O sea, que en ese receptáculo que llamamos cuerpo se conjugan los sentimientos más dolorosos y extraños, pero ese recuerdo, esa suerte de vorágine interna, se convierte luego en material literario, le puedes sacar provecho, se presta para buenas obras literarias. A mí, reitero, me ha servido de mucho.


Total, uno siempre piensa que quiere ir a morir a tu tierra de origen, incluso en el país. Naciste, por ejemplo, en un pequeño municipio de la provincia Duarte, infancia, escuela primaria, amigos, ambiente natural, ambiente cultural, primera novia o novio, y luego tienes que irte a vivir a Santo Domingo. Toda la vida estarás soñando con el retorno. En el caso de los dominicanos en una ciudad como Nueva York es diferente  porque siempre estás pensando que vives en el extranjero, por más dominicano que resulte el barrio de Washington Heights, en Manhattan, entonces el sentimiento es mayor para anhelar el regreso a la patria. Pero en la medida en que pasa el tiempo el arraigo es más pronunciado en Nueva York, la identidad tiene mayores ingredientes; los hijos, los descendientes, no son ni por pienso más que norteamericanos..., es un acorralamiento, a lo que se suma la seguridad social, si entraste en años y tienes la protección del sistema social, muy más superior que el dominicano, tienes un motivo poderoso para quedarte. ¿Qué agregas? ¿Cómo lo analizas?

Mi esposa y yo compramos unas tierritas allá en el sur para construir la casa de nuestra vejez. Allí pienso escribir mis últimas novelas.


Creo que debemos hablar de un individuo que se llama Rubén Sánchez Féliz. El fenómeno de los escritores dominicanos o de origen dominicano que triunfan en idioma inglés ha sido tan contundente que no ha permitido pensar en otra contundencia en otra dimensión, cual es la de los escritores dominicanos de la diáspora con gran éxito en español. No es que no hemos sentido la contundencia, pero es como si fuera más reciente y evidentemente en otra dimensión. Y los premios literarios han sido medios, no para hacerlos notables, sino para hacerlos notar, que es diferente. Que me excusen los que no voy a mencionar porque sólo enumeraré algunos. Comenzaré por ti porque eres mi entrevistado y por la hazaña de haber ganado con dos novelas dos premios trascendentes en un mismo año. ¿Es así?




En 2010 fuiste declarado ganador del Premio Literario Letras de Ultramar en el género novela por «Los muertos no sueñan», y también fuiste ganador en el mismo año del premio Funglode de novela denominado Federico García Godoy por la obra «Beatriz». ¿Este hecho literario tiene precedente en nuestros límites?  Ya menciono el caso de Jimmy Valdez, tiene imagen de importante escritor aunque su obra más reconocida es «La redonda peña despeñada», obra de teatro que también ganó el premio Letras de Ultramar, en el mismo año 2010. Está el caso de Miguel Aníbal Perdomo, que también tiene algo parecido a un récord con premios nacionales en Santo Domingo en poesía, en ensayo, en cuento, en... Voy a mencionar además el caso de Marco Antonio Rodríguez, con un éxito extraordinario por la obra de teatro «La luz de un cigarrillo», que como dramaturgia tiene suficiente fuerza literaria desde que ha sido añadida al currículum de 2011 del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, por lo que será necesariamente estudiada por los estudiantes de nivel superior.




En el caso tuyo otros premios, en diversas latitudes, incluyendo concursos en España. Ello revela que tienes unas agallas de escritor. Caramba que ahora pretendo que hables tú mismo de tu literatura, de tus novelas y tus cuentos. ¿Cómo comenzó todo? ¿Cómo se ha desarrollado?

No mencionaste a José Acosta, tres veces Premio Nacional (poesía, cuento y novela). Pero bueno, a la pregunta. Acaso te parezca una suerte de libretillo barato, pero escribí mi primer cuento precisamente para enviarlo a un concurso literario. Un compañero de trabajo leyó las bases en un periódico local y me exhortó a participar. Él también pensaba meterse en la tómbola. Cuando me negué porque me creía incompetente para «escribir  un cuento», hazaña que, en mi mente, era reservada para poquísimos genios, la exhortación de mi amigo se transformó en un reto, en una especie de «aunque no te atreves». La cosa tomó otro relieve, pasó de una mera invitación a un asunto de honor. Fue acaso por ello que acepté el desafío. Escribí un cuento anecdótico, plano por demás, hasta inverosímil, creo, pero por entonces lo consideraba genial y aunque no recibí premio alguno, fui, quizá, el más afortunado de todos los participantes, puesto que el ejercicio mismo, la escritura de ese primer cuento, me marcó. De ahí llegaron otros cuentos, la necesidad de compartir con escritores, mi intervención en la tertulia literaria Aguafuerte, donde conocí al novelista y crítico barcelonés, Prof. Ramón Codina, mi primer mentor; de ahí mi decisión de estudiar pedagogía pensando en los textos que podría escribir durante las vacaciones de verano. Tuve suerte de toparme con gente buena, gente que me ayudó desinteresadamente. Entablé una estrecha  amistad con los escritores José Acosta y Osiris Vallejo. Hice estudios de postgrado en la Universidad de Nueva York, específicamente en Escritura Creativa. Allí conocí a las novelistas chilenas Diamela Eltit y Lina Meruane, al narrador cubano Enrique del Risco, a Lorea Canales, Claudia Salazar, Alejandro Moreno Jashés, gente que hace muy buena literatura y con quienes tuve la oportunidad de compartir un espacio. Mi desarrollo se lo debo en parte a la gente que menciono arriba, a la lectura y los talleres.

¿Hay alguna publicación nueva tuya después de los dos premios de novela?

Una editorial venezolana está editando mi libro de cuentos No volverás la mirada, que estará listo en los próximos meses.

Parece que los géneros en que te has destacado son novela y cuento. Aunque hay gente que cree que el género es secundario y todo es literatura, ¿qué más tienes además de cuento y novela?

También cultivo el ensayo y la poesía y he escrito algo de dramaturgia y hasta literatura infantil. Soy un hombre disperso. Aunque mi fuerte es, creo yo, la narrativa. La narrativa y acaso el ensayo. A veces no hago más que sentarme a releer mis textos. Un ejercicio titánico, agotador, si bien necesario. Los textos inéditos, porque después que se publican, me atemoriza volver a ellos. Ya te imaginarás por qué. Creo que a Sábato (y a muchos otros) le sucedía algo parecido. Otras veces sintetizo una imagen en un poema o un cuento. Las más veces tomo varias imágenes inconexas, las barajo y las conjugo en una novela.

Ahora haré la pregunta que debí hacer al principio. Así de simple. ¿Qué haces en los países? ¿Cómo fuiste a parar a Nueva York?  ¿De qué sitio de la Isla eres?

Enseño Literatura en una escuela secundaria en el bajo Manhattan. Un trabajo gratificante, porque cada año se me asigna la responsabilidad de moldear a un grupo de adolescentes, de encaminarlos hacia la adultez. Vine a Nueva York junto a mis dos hermanas, en abril de 1986; mis padres vivían aquí desde principios de los 80 e hicieron los trámites para traernos, de aire. Nací en Santo Domingo, en Villa Juana, pero mis padres son sureños, de Estebanía de Azua, ¡ofrézcome!, y por lo tal, me siento azuano tirapiedras, estebaniero hasta la yagua, hijo de Luvaldina Feliz y Delfín Sánchez.


Hablemos de tu situación académica. Has estudiado letras y educación. En el país muchos han estudiado educación primero que letras porque en el campo educativo hay empleo, no en el de las letras, que lo que hay es desempleo. Entonces, si has estudiado educación en Nueva York, ¿por qué?

Te voy a ser franco: estudié pedagogía por la literatura. Cuando escribí mis primeros cuentos me dije, «Esto es lo que me apasiona». Mi esposa, que siempre me ha apoyado, dudaba y hasta se mofaba de mi «nueva pasión», porque me había visto desfilar por la música (tomé clases de solfeo y hasta llegué a formar una orquesta, grabé un CD de merengue y todo), el ajedrez, el béisbol…, fui incluso cazaautógrafos, etc. Por suerte tengo un trabajo estable, enseño Literatura en Manhattan Bridges High School. El tiempo libre, que es muy poco, se lo dedico a la lectura y la escritura, a mi familia.


Supongo que a esta altura estás arraigado en Nueva York, con familia; o, como muchos, ¿tienes planes de regresar?

Cuando se tiene casi tres décadas viviendo en un lugar, llámese Nueva York, Argelia o Cotuí, el arraigo se da de manera orgánica. Uno puede pasarse la vida anhelando regresar al terruño donde nació, pero en ese ínterin se construye una realidad que, con el tiempo, se vuelve tan necesaria e indefectible como el deseo de regresar. Ahí empieza la paradoja, el tormento del ser que emigra. En diciembre cumplo 21 años de casado con una gran mujer; además, tengo cuatro hijos, mis padres, hermanos, una profesión, amigos, en otras palabras, he erigido un universo inamovible, un universo cuyos pilares me hacen seguir aferrado a la vida, pero sin perder la esperanza de regresar, pasar mis últimos años junto a mi esposa en la casita que pensamos levantar allá en el sur, en Estebanía, donde vivió Rosa Julia Matos.