sábado, 28 de abril de 2012

Si me pones un nombre, ya no seré parte de ti, seré otra
















Diarios apócrifos

de Fernando Urena Rib

1.
Soñé que dormía desnudo en aquel parque y con las yemas de mis dedos iba formando tus labios y tus ojos. Sentí un dolor intenso en el costado, muy cerca de mi corazón. Mis manos se unían a las tuyas, te abrazaba. Recorrí tus caderas, la dulce ternura de tus senos. Tus muslos firmes atraparon los míos. Yo perdía mucha sangre y se mezclaba con el polvo de la tierra. Y entonces tu piel se hizo cálida en la mía y descubrí la hermosa ensenada de tu espalda que subía hasta la nuca que yo besaba ansiosamente. Cuando desperté estabas a mi lado, serena y sin embargo lejana, pensativa. ¿De dónde habré venido? Preguntaste. Y yo llevé tu mano a mi costado, sangrante todavía. Fue la primera vez que vi a alguien sonreír.

2.
Descendía solitario por una pradera inmensa. Las aves indicaban con su vuelo mi camino, hasta entrar a una selva tupida, llena de enormes fieras delirantes. Al principio sentí pavor porque sacaron sus colmillos y gruñeron listas para despedazarme. Entonces recordé la orden del cielo y empecé a nombrarlos: «Tú, león, tú zorra, tú lobo, tú mandril, tú serpiente, burro, leopardo, ardilla, elefante...» Y cada uno se fue mansamente a ocupar su lugar en esta oscura selva que es la vida.

3.
Pensé que era el silbido del viento entre los juncos.  Me acerqué.  Era un río breve, undoso, de colores brillantes lo que avanzaba, ocultándose sobre la yerba fresca.  Me acerqué aún más para tocarla, levantó su cabeza y el doblez de su lengua en los colmillos produjo un sonido sobrecogedor.  Eres la serpiente, le dije. Ya te he nombrado. Ven. Ahora debes obedecerme. No me oyó y prosiguió sinuosa, alejándose con su canto entre los juncos.

4.
Ella no sabe mi nombre todavía.  Sabe que es parte de mí y eso le basta.  Todo lo demás carece de importancia. También sabe que me alegra contemplarla cuando se tiende a mi lado y va hilando ideas y silencios. En esta parte del jardín quiere una fuente y en aquel otro rincón, un lago.  De vez en cuando aparece algún pájaro cantor, de plumas multicolores y sus ojos se pierden tras él en la distancia azul.  Entonces me besa,  me llena de mimos y sé que es feliz.

 5.
Debo ponerte un nombre, le digo. Ella se ríe y responde: «Tonto.  Puedes nombrar a los animales, no a mí».  ¿Por qué no quieres un nombre que solo lleves tú?  «Quizás no te des cuenta, pero el nombre todo lo cambia, todo lo transforma.  Si me pones un nombre, ya no seré parte de ti, seré otra, separada y distinta.  Quiero vivir en ti y ser tu otra forma de mirar las cosas. «Y diciendo esto se levantó y se fue andando hacia los juncos.  Sabía que yo me iría detrás de su caminar esplendoroso.