viernes, 13 de abril de 2012

Ulteriores y recientes experiencias me obligan ya, sin alternativas, a levantar una pancarta de protesta


Iván García Guerra





















El teatro está enfermo

Aquí está, en desgarrado lenguaje expresado por un Maestro del Teatro Dominicano. Desgraciadamente la enfermedad no es contagiosa: es una epidemia. Mucha de la gente que queda señalada sin sus nombres de pila no se enterará de lo que esto significa. Aquí digo yo que el primer paso sería conocer, debatir esta denuncia en toda su dimensión y en cada uno de sus detalles. Si aparecen los de la «vanguardia» que se arropan en esa «vanguardia» y quedan desnudos, en cueros vale decir, entonces sería excelente el debate, la polémica con esos presuntos, y mostrarlos desnudos. La primera piedra está ardiendo como una bola de fuego en medio de este escenario. Gracias, distinguido Maestro.  CLOMO

Iván García Guerra

No quiero arriesgarme a decir que es de gravedad, ni tampoco que puede curarse, porque aunque me desvelo de perturbación me aferro a la esperanza, sea esta un clavo ardiente o un simple hábito que me resulta vitalmente inevitable; pero no cabe duda, está enfermo el teatro.   Y, aunque creo que quizás posea la restauradora panacea, no alcanzo a repartirla con la amplitud pretendida, ni puedo constreñir a nadie a tomársela como una vulgar aspirina..

Hace largos años que había observado erupciones, fiebres, ataques de tos, regurgitaciones y hasta vómitos; pero quizás procurando no alarmarme o irresponsablemente tapándome los ojos y la nariz y las orejas…, o la conciencia…, ¡guardaba silencio!

Pero, ulteriores y recientes experiencias me obligan ya, sin alternativas, a levantar una pancarta de protesta, sí, porque ya no cabe la sola advertencia, y en consecuencia intento fungir como facultativo o al menos como humilde y tembloroso consejero airado que solicita atención.

Hace veinte, quizás treinta años, percibí los primeros síntomas de algún mal pero, si no los acepté como cosa deseable, al menos transigí considerándolo una moda, pasajera como todas ellas. Era ésta una más de las muchas que heredamos de Europa durante la fiebre de iconoclasia que corría pareja con las tiranías, las guerras, revoluciones y otros intentos tan desesperados como desorientados de abrir necesarios nuevos caminos que nos permitieran digerir y disfrutar los avances científicos o seudocientíficos en todo los campos.

Aún padeciendo la tiranía trujillista y quizás como una resultante de ésta se había iniciado aquí un movimiento dramatúrgico que al fin nos colocaba a una altura equivalente a los logros de la historia teatral mundial.   Franklin Domínguez, Manuel Rueda, Héctor Incháustegui Cabral, Máximo Avilés Blonda. Aída Cartagena Portalatín, Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive (español) y éste que firma el actual trabajo conformamos una sociedad de dramaturgos dominicanos.   Y en el Primer Festival de Teatro Dominicano, durante el fugaz gobierno democrático del profesor Juan Bosch se integraron dos escritores: Rafael Áñez Bergés, Rafael Vásquez.  Más tarde se agregarían Carlos Acevedo, José María García Rodríguez (español «criollizado»):, Jaime Lucero, Efraím Castillo, Haffe Serulle, Reynaldo Disla, Manuel Chapuseaux, Giovanni Cruz, William Mejía, Arturo Rodríguez Fernández, y unos cuantos más que incidieron quizás menos.  

Cada cual escribía teatro según escuelas, estilos e influencias diferentes; pero todos navegábamos por los convenientes mares de las técnicas comprobadas por el desarrollo escénico a través de los siglos y consagradas por la infalible y conservativa memoria, la gran jueza final.   Algunos eran clásicos, otros tradicionales o tal vez seguidores de la moda americana y  unos pocos «avantgarde», entre estos yo; pero todos disfrutábamos de un bagaje de lecturas que nos aviaba de considerable nivel cultural.

Y así, en más o menos una década, pasamos de una casi completa ausencia a una variopinta y fecunda plenitud. Pero… ¡ay, caramba!, no duró mucho esta fachada.  Aquel aleteo de esperanza democrática sufrió algo pronto bajas considerables: unos se fueron del país, otros se fueron del mundo y algunos se sintieron satisfechos con la pasada, fugaz y no lucrativa experiencia. En realidad quedamos escribiendo para el teatro, y bastante fieles a nuestras tendencias medulares, los que estábamos más íntimamente ligados a paralelas actividades escénicas como la actuación, la dirección y la animación cultural.

Pero sorpresivamente, un poco como consecuencia de los nuevos alientos libertarios en toda la América Latina, desembarcaron en nuestro aeropuerto (el «internacional» era sólo uno en esa fecha) unos aires «aciclonados» (no sé si calificarlos mesiánicos u oportunistas), que llenaron las tablas con estremecedores gritos y circenses saltos.  En otra demostración de nuestro tradicional  «guacanagarixismo», la escena se pobló básicamente de protestas trajeadas de innovadoras experiencias que fueron consideradas revolucionarias, cuando en realidad eran caducos y superados intentos del viejo continente. La primera bandera que ondearon, movida ésta por sinceras intenciones reformadoras (eso quiero pensar), demasiado pronto fue preterida en su fervor patriótico o político y, entonces dentro de un disfraz, ya no una pieza de vestuario teatral, enfilaron sus cañones contra las formas escénicas mundialmente aceptadas. Un arbitrario reformismo,  inundó las tablas de irracional y aéreo rechazo contra algo que aún ni siquiera se había afirmado en nuestro suelo.  Sin cambiar la forma anárquica, habíase cambiado sutilmente el «fondo» por obra de algunos autoproclamados renovadores teatrales.

Y podemos decir que desde entonces comenzó a vaciarse nuestro teatro de significado racional. Siguió un período sordo y oscuro, al menos para mí, quien, inmerso en mis múltiples actividades acostumbradas, sólo percibiría una amenaza real a finales del Siglo XX.   Mejoraban la situación algunos literatos que incursionaban con tino en la dramaturgia: León David, Carmen Quidiello de Bosch y otros que como los anteriores estaban avalados por una sólida cultura.

De espalda a ellos y a nosotros de repente ¡oh blasfemia!, se había convertido en vox populi y en voz amenazadora que el texto no era importante en el teatro si no la acción escénica.  Me pareció escuchar el pataleo «ultratúmbico» de los tres griegos (Esquilo, Sófoles, Eurípides), de los «anónimos commediantes» italianos, de Calderón, de Shakespeare, de Moliere, de Ibsen, Tchejov, Miller, Brecht, Becket, Weiss y de mis queridos colegas dominicanos ya idos. Tremenda, justificada y ahogada danza macabra.  La civilización se hacía cada vez más «light» con preocupante aceleración (perdonen el americanismo, pero es la expresión que mejor define este fenómeno por obvias razones de índole imperialista). Lo que importaba entonces era la forma, cualquier forma; no el fondo, cualquier fondo.      

La situación me golpeó sonoramente el rostro a raíz de mi creación del «Festival Nacional Emilio Aparicio», dentro del «Marzo Teatral» de Franklin Domínguez.  El propósito de éste fue un intento bastante logrado de ampliar horizontes a los hasta entonces anónimos héroes del teatro en las provincias, universidades y escuelas.  No recuerdo el número de participantes en aquella primera ocasión de 1997 y tampoco me viene a la memoria un solo texto realmente dramatúrgico (probablemente no hubo alguno porque seguramente lo hubiera recordado). Pero lo que interesa no es esto, por el momento.

Me sentí bien, además de porque el evento era mi creación y todos los padres, lo confiesen o no, se sienten satisfechos de las demostraciones de sus hijos, y porque tuve la oportunidad de participar activamente de la alegría de aquellos obreros del arte al presentarse inesperadamente en un escenario real. Los aconsejaba e intentaba guiarlos, además de enriquecerme con el cariño sincero de muchos, muchos amigos y colegas. Eran deficientes, no puedo decir otra cosa; pero estaban ansiosos de aprender, y en las tres versiones ulteriores comprobamos esto con un firme y notorio ascenso de calidad en lo que a puestas en escena se refería.

Tratando de mejorar el nivel de la escritura teatral, en los años que siguieron dediqué parte considerable de mi tiempo a impartir clases de dramaturgia en Santiago, por ser centro de la populosa región, y el fruto fue recogido en un tomo titulado «Nueva dramaturgia del Cibao» con 24 obras bien construidas de las cuales sólo dos o tres han sido representadas. Esto comenzó a hacerme pensar que no era solamente dramaturgos lo que necesitamos, si no «teatristas», así de amplio, que supieran y estuvieran dispuestos a trabajar de manera correcta.

¿Y por qué digo esto?   Porque resulta mucho más fácil improvisar que romperse la sesera intentando al menos ser buenos discípulos de los grandes; y es que resulta más rápido negar la efectividad de lo que ha funcionado a cabalidad que empeñarse en darle nuevas salidas a lo dignamente establecido por la práctica acertada, y es que rinde más fácilmente no ponerle seriedad a una profesión clamando el libre albedrío que sudar copiosamente para demostrarse a un mismo y a los demás que se es capaz de superar obstáculos (¡libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!).  Y esto sucede en el espectro completo de toda la universo escénico, desde la conformación de una idea creadora hasta el aplauso final que cierra su cometido al dejar algo rotundo en la mente del público.

Lo desgranado en el párrafo anterior, pueden considerarse los síntomas de la enfermedad que aqueja a nuestro arte..  

Dentro de las hordas detractoras están los que confunden un happening con una obra, hay quienes parten de una improvisación sin fondo para desarrollar eventos inconexos, participan los que utilizan el feísmo como única posibilidad escénica, abundan  quienes utilizan recursos técnicos de otras actividades para tirar una cortina de humo sobre sus deficiencias.  Y etcétera, etcétera y etcétera.  ¡Hay de todo!  Pero no todo es teatro.

Debo aclarar que considero, y deseo que así sea, que la mayoría de estos protagonistas virológicos actúan de buena fe, sin comprender el alcance de su gozosa actividad.   ¡«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»!

A ellos y a la minoría cáustica les digo: no señores cófrades no se es bueno simplemente salir del paso con cualquier ocurrencia vagabunda.   El teatro tiene sus reglas básicas y hay que respetarlas.  No tomar en consideración la validez de un texto es similar a una bailarina que omite los pies o a un violinista que se le olvida su instrumento en el armario o a un bateador que batea con el puño (debería llamarse entonces puñetero) o como un literato que se olvide de la escritura o de la palabra.

Y el motivo de estas líneas, ya numerosas, es que en los últimos tres meses he sido jurado de cuatro concursos de dramaturgia y en una selección de obras para una actividad festivalera.   Y esto fue el detonante de mi espanto.

En el peor de los casos el jurado del cual participaba debió declarar desierto el premio por la sencilla razón de que no encontraba razones honestas para justificar una consideración; pero en los otros no nos fue mucho mejor: estuvimos obligados a ser parcos en nuestras deducciones y apenas pudimos seleccionar, de un enorme grupo de aspirantes, una, dos o a lo máximo tres ejemplares que cumplían con los requisitos indispensables para merecer un galardón.  En el caso de la escogencia de grupos para el festival de algo así de cuarenta y nueve proponentes, alcanzamos a unos veinte, de los cuales sólo alrededor de cinco tenían base honrosamente literaria; los demás fueron aceptados por conocer la capacidad y seriedad profesional de los actores y directores.

Y esto en lo que insisto ahora, buscando acercarme a un final, de seguro chocará con muchas idiosincrasias ofendidas que levantarán airadas voces protestantes, cuando a mí me resulta una verdad fundamental, simplísima e incontrovertible: la razón de cualquier arte es una amplia base cultural y en cuanto se refiere específicamente a esta actividad teatral, una disciplina múltiple (y léanlo bien: «una disciplina»), las exigencias formativas son aún mayores por el simple hecho de que es más abarcadora por su naturaleza.

La improvisación desaforada y sin fronteras consecuentemente lógicas hace del teatro una actividad elitista, auto satisfaciente o puñetera (perdonen la vulgaridad de ése significado que se desprende al utilizar la palabra de esta manera), y como consecuencia aleja al gran público y aumenta el ejército estático que prefiere el cine o la televisión para no molestarse con algo que no entiende y le resulta hasta ofensivo, además de disfrutar de la «cocaleca».

No podemos quejarnos de que las audiencias no guarden silencio, griten sus impulsividades o simplemente salgan de la sala sin ningún disimulo ni recato.   Ya no se tiene autoridad moral

La formalidad, la decencia, la característica ritual con que nació la actividad escénica, ni hablar de la catarsis (la casi totalidad de los cultores actuales han oído o leído la palabra y la repiten pero sin saber cuál fue su real significado ni su profunda intención), se ha convertido en un vaudeville, y uno barato, en un circo sin trapecistas ni leones ni elefantes, en un despropósito en sí.   

Por supuesto aparte de llamar la atención sobre uno mismo, hacerse notorio y hasta famoso y ganarse unos chelitos sin mucho esfuerzo y con harta extravagancia, me cuestiono: ¿se le ha ocurrido a esta gente preguntarse en serio cual es la finalidad de hacer arte, de escribir un texto teatral o representar éste ante un público?  Me parece que si quisiéramos hacer una encuesta, el primer lugar lo tendría un silencio prolongado y unos ojos dando vueltas desordenadamente, y luego un extenso repertorio de desatinos e inconveniencias.  Pero no creo que valga la pena perder el tiempo en semejante asunto.  

Quizás debería exigirse una aclaración conceptual de este planteamiento a la entrada de cualquier escuela, antes de embutirles a los estudiantes del género técnicas externas tomadas arbitrariamente de aquí y de allá, con vanas pretensiones modernistas o como dicen ahora: postmodernistas.

Y como dije al principio, no quiero sugerir que es letal y ni siquiera grave el caso; pero el teatro sufre de mala salud, es tristemente notoria la falta de ella, y hay que tener cuidado porque en asuntos vitales no es bueno permitirse imprevistos.  Para que nos orientemos en el tratamiento que debemos buscar hasta lograr la sanación o al menos una mejoría, la ameba o el virus o lo que sea tiene un nombre:

¡¡¡ IG NO RAN CIA !!!

Espero que no se convierta mi voz y su lamento arrebatado en otra de las que claman en el desierto de esta isla.