viernes, 31 de agosto de 2012

Con el tiempo se hicieron muy amigos y fueron felices

Fernando Ureña Rib













El Hombre de Grunewald
Cuento infantil para mi nieta, Jessica

Fernando Ureña Rib

Internado en el bosque de Grunewald y muy cerca del Teufelsee (Lago del Diablo), llegó a vivir, hace ya muchos años, un hombre solo, sin mujer ni hijos ni animales. En las noches, se decía, salía a procurar sus alimentos sin que nadie le viera. Algunos lugareños se compadecían y le dejaban afuera, en el pórtico de sus casas, mendrugos de pan, guisos y carne asada. Con el tiempo se desarrolló entre aquel hombre y los vecinos una especie de diálogo silente, porque el hombre les retribuía su bondad con leña cortada para la hoguera, hongos y moras silvestres que él buscaba en la profunda oscuridad de la noche.

Pero a todos les intrigaba saber quién sería aquel hombre que nunca se dejaba ver y hacían toda suerte de conjeturas. Hubo quien dijo que él era un asesino prófugo de la justicia, que era un monje y hacía votos o penitencias; mientras otros afirmaban que era un ogro feroz o un desahuciado, condenado a morir dentro de poco.

En aquel largo invierno de Grunewald no se hablaba de otra cosa. Una noche, en casa del guardabosques, estaban todos celebrando, comiendo carne asada y tomando vino caliente.

Entonces el cazador del bosque se levantó y propuso que se colocaran en el camino de aquel hombre trampas para osos a fin de atraparlo y obligarlo a confesar sus delitos o a contar su historia. Otros sugirieron sorprenderlo en la noche, con antorchas y perseguirlo hasta su madriguera y prenderlo. Todos estaban muy alegres por el vino y cada quien tenía una idea sobre cómo descubrir los misterios de aquel hombre.

Lo que ellos ignoraban es que el hombre estaba ahí afuera escuchando todo cuanto decían alegremente. Cuando ya era tarde y estaban todos muy borrachos, se oyeron tres golpes fuertes en la puerta. Hubo silencio y conmoción. Todos se miraron aterrorizados y nadie se atrevía a abrir la puerta. Afuera, la madera de la casa del celador comenzó a estremecerse y a crujir bajo el peso de aquel desconocido. Estaban a punto de tomar las armas cuando escucharon de nuevo los tres golpes en la puerta y una voz grave y poderosa que parecía provenir de ultratumba:

¡Abran! ¡Abran la puerta!

Casi temblando el celador se acercó y desmontó la tranca e inmediatamente se retiró tres pasos, aún con la escopeta en la mano.

El gran hombre se dobló para poder entrar por la pequeña puerta. Traía en su mano izquierda una canasta repleta de hongos, fresas, moras y flores silvestres. En su brazo derecho cargaba un atado de leños para el fuego.

-Alto. No disparen y no tengan miedo. Mi nombre es Fritz -dijo quitándose el sombrero-. He decidido alejarme de los hombres porque todos se burlaban de mí, debido a mi enorme tamaño y ya no deseaba que nadie jamás me viera. Así que duermo de día y de noche salgo a buscar mis alimentos. Me sentía cansado de que los hombres se burlaran porque soy diferente y me oculté. Si ustedes prometen no burlarse, yo vendré a traerles la leña que necesitan para el invierno y les agradeceré sus actos de bondad al dejarme un poco de alimento.

Cuando Fritz terminó sus palabras todos corrieron a abrazarlo y le ofrecieron generosas porciones de asado y vino caliente y con el tiempo se hicieron muy amigos y fueron felices al comprender que cada quien tiene sus propias dotes y es único y distinto.