martes, 9 de octubre de 2012

El autor hace importantes revelaciones

Alejandro Paulino Ramos

















La conservación del patrimonio cultural

Alejandro Paulino Ramos
Subdirector Archivo General de la Nación

De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, el patrimonio cultural representa lo que tenemos derecho a heredar  y estamos obligados a conservar para las generaciones futuras y se entiende como el reflejó de la continuidad e identidad de los pueblos; incluyendo como parte de ese patrimonio los monumentos, lugares históricos, los Museos, el patrimonio documental, cinematográfico, la Música y canciones, Literatura, y otros no menos importantes.

El pueblo dominicano es una comunidad con identidad propia que se ha formado en un largo proceso que ya pasa de los 518 años, con una historia y una cultura resultante del proceso de hibridación demográfica, que solo se explica a través del estudio y conocimiento de nuestra historia económica, política, social, jurídica y cultural. Todo está expresado y contenido en los libros, periódicos, revistas, documentos, utensilios, piezas arqueológicas, fotografías, partituras musicales, en fin, en todo lo que la historia va dejando registrado sobre la existencia del pueblo y que forma parte del patrimonio de la cultura nacional, cuya conservación y preservación se hacen imprescindibles si queremos seguir reconociéndonos como parte de lo que desde hace siglos se conoce como pueblo dominicano.

Por suerte el Estado se ha cuidado de crear el andamiaje jurídico y físico para la preservación del patrimonio cultural nacional, facilitando las tareas que tenemos por delante; entendiéndose que no todo está hecho y de que existen problemas que  están poniendo en peligro los tesoros que integran ese patrimonio, a veces por la falta de iniciativas estatales y otras por las amenazas de sectores imprudentes y muchas veces hasta malvados.

El patrimonio cultural nacional está garantizado por la existencia de instituciones creadas para ese fin, como son: El Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, la Comisión de Consolidación y ambientación de los monumentos históricos de la ciudad de Santo domingo, el Museo de las Casas Reales, el Museo del hombre dominicano, y el Museo Nacional de Historia y Geografía. Además, somos signatarios desde 1972, de la Convención sobre medidas que deben adoptarse para prohibir e impedir la exportación y transferencias de propiedades ilícitas de bienes culturales.

Existen instituciones públicas y privadas, que acorde con los propósitos institucionales antes señalados, han realizado importantes aportes en el proceso de conservación de nuestro patrimonio cultural; pero otras se encuentran en una parálisis que pone en peligro la posibilidad de que las futuras generaciones puedan heredar ese patrimonio. Para edificar sobre lo que estoy diciendo, permítanme reseñar brevemente algunos ejemplos de situaciones que han puesto en peligro parte del patrimonio cultural de los dominicanos.

Imagino que ya nadie recuerda la Biblioteca Municipal del Ayuntamiento de la ciudad de Santo Domingo; la primera de carácter pública surgida 1866,  organizada con los libros donados por Rafael Baralt en España, que fue abierta por jóvenes liberales y administrada por la Sociedad Amigos del País hasta 1905, cuando por problemas políticos y con la justificación de que la cámara de diputados necesitaba un local, fue despojada del mismo y sus libros lanzados en la plazoleta Colón de la zona colonial. Con el tiempo la biblioteca se recuperó y volvió a abrir sus puertas, bajo control del Ayuntamiento. Creció, se hizo imprescindible para los capitaleños hasta que un día, en un gobierno muy posterior a la revolución de abril de 1965, su local fue donado a una fundación juvenil y sus libros llevados a un edificio ubicado en las esquinas Padre Billini e Isabel la Católica y abandonada a su suerte. La pregunta obligada es: ¿y donde está esa biblioteca? dónde los más de cincuenta mil ejemplares que atesoraba? Pero nadie ha dado la cara para explicar lo que pasó.

Permítanme ahora poner un ejemplo sobre museos, que atesoran parte de las piezas históricas que forman el patrimonio nacional. En la prensa aparecieron publicadas noticias de cómo piezas arqueológicas y objetos diversos han sido robadas y sacadas del país, o se encuentran en manos privadas que no permiten que los dominicanos podamos apreciarlas por su valor histórico: pongo por ejemplo el automóvil que perteneció a Trujillo y en el que viajaba la memorable noche del 30 de mayo, o podríamos hablar de cómo fue sustraída de la sala de un museo la espada del General Gregorio Luperón, o peor, de cómo ese museo se ha mantenido por décadas en una lucha terrible por preservar sus fondos patrimoniales, sin apoyo económico, cayéndose su techo, las piezas atacadas por hongos y charcos de agua en los pasillos.

Si nos refiriéramos a los documentos que forman parte del patrimonio documental, tendríamos que resaltar la forma en que una vez, se dice que por intereses políticos, los archivos de una secretaría fueron incendiados al amanecer de una noche tenebrosa, o la forma en que colecciones de documentos históricos importantísimos fueron vendidos a instituciones extranjeras, sin que nada se hiciera para evitar su expatriación. Esto aconteció en último cuarto del siglo XX. Gracias a Dios, ahora existe un Archivo General de la Nación que promueve la preservación, conservación y organización de los documentos del país; pero todavía se rumora sobre colecciones de documentos sustraídos del AGN hace décadas y que tarde o temprano deberán regresar al lugar del que nunca debieron salir.

Un caso penoso es el siguiente: Una de las bibliotecas más importantes, con una historia que sobrepasa los cien años, fue la biblioteca de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que tuvo categoría de nacional desde 1948 hasta 1972. Esa biblioteca atesoraba una de las mejores colecciones de periódicos dominicanos, hasta que por el interés de inaugurar una biblioteca moderna, alguien entendió que esas colecciones estaban en proceso de deterioro y no debían ser llevadas al edificio nuevo. En medio de las noches y durante semanas colecciones de periódicos y revistas nacionales fueron casi completamente destruidos y transportados a vertederos de basuras todavía no especificados. Aquello sucedió en el año 2003 y nadie pagó por esto; los detalles tendrán que contarse algún día; pero ojo: La biblioteca de la Universidad tiene que cuidarse de no cometer nuevamente aquel atentado contra el patrimonio hemerográfico y bibliográfico de la nación.

En cuanto al patrimonio monumental, solo quiero dar breves ejemplos de lo que acontece. Es cierto que el Estado ha invertido sumas millonarias en su restauración y conservación; pero no todo ha sido color de rosa, lo que obliga a que la Oficina que tiene la responsabilidad de los monumentos y edificaciones, tomar iniciativas de emergencia para conservar la casa en la que, desde el siglo XIX, estuvo el Colegio Salomé Ureña. Al pasar por la calle Duarte esquina Salome Ureña, allí la verán cayéndose a pedazos, sucia y convertida en un «colmadón», y qué no decir del fuerte San Gil, ubicado en la esquina de la calle Pina con Malecón, convertido hasta hace algunos meses en un restaurante privado, o la casa en la que nació el patricio Mella convertida por poco tiempo en un restaurante de dudosa moral.

En cuanto a la Cinemateca, se recuerda como en medio del pánico provocado por la destrucción de sus fondos fílmicos, las películas fueron llevadas a los depósitos del Archivo General de la Nación, institución que ahora está promoviendo un proyecto que busca la conservación de las mismas,  y también está invirtiendo recursos en la música dominicana; pero el AGN no tiene presupuestos para sus adecuadas organización y preservación. La amenaza es real y el costo en dólar es muy alto, pero sino se actúa pronto ya no tendremos patrimonio cinematográfico ni musical.

El país no cuenta con una fototeca, videoteca, mapoteca, ni hemeroteca nacional, lo que está obligando al AGN a dedicar parte importante de sus recursos a la conservación de los fondos no documentales del país. Además, se hace imprescindible que CENACOD profundice en las tareas de la restauración y conservación del patrimonio nacional.

De todo modo, no todo es negativo en nuestro país, y existen instituciones públicas y privadas que están tomando medidas para la conservación del patrimonio nacional. Es justo señalar los esfuerzos de las bibliotecas de las universidades privadas y sus aportes en la conservación de la bibliografía dominicana. Se debe destacar que por primera vez las principales ciudades del país están siendo dotadas de bibliotecas a través de los Centros Regionales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y el Estado está tomando medidas para salvar el Museo de Geografía e Historia, y felizmente ya fue inaugurada la Biblioteca Nacional.

El País cuenta con un importantísimo acervo bibliográfico, documental, hemerográfico, arqueológico y monumental bajo la responsabilidad de instituciones creadas para su conservación y restauración; pero faltan políticas públicas permanentes, propuestas educativas, recursos económicos y sobre todo, falta un nutrido grupo de funcionarios y técnicos con conocimientos y estudios que estén en condiciones de impulsar y desarrollar las tareas que les han sido asignadas.

Esto solo es posible si hacemos cumplir las leyes sobre el patrimonio cultural, educamos los jóvenes en la importancia de nuestra identidad; construimos los edificios apropiados para su preservación; dedicamos esfuerzos y recursos a la formación de bibliotecarios, archivistas, museógrafos, gestores culturales, documentalistas, y restauradores de documentos. Además de la creación de la Videoteca, Fototeca, Hemeroteca  y la Mapoteca Nacional.

La importancia de la conservación del patrimonio cultural radica en la necesidad de no perder la memoria histórica de lo que somos; de dónde venimos y como nos hemos formado como pueblo. Ya es muy difícil recuperar la parte del patrimonio que se ha perdido, pero podemos aunar esfuerzos para salvar lo que aún nos queda, parte importante de los fundamentos de la identidad nacional que está llamada a formar parte de la herencia de las futuras generaciones.