lunes, 22 de octubre de 2012

Una pieza limpia, horizontal, equilibrada y flexible












De nuevo de ti, Guillermo...

José Enrique Delmonte

Ningún otro arquitecto dominicano ha recibido el embate del tiempo como Guillermo González Sánchez. A pesar de haber realizado una obra exquisita y con alta sensibilidad y audacia destinada a colocar la arquitectura dominicana en la historia de la arquitectura del siglo XX en el Caribe y de habérsele reconocido su calidad por contemporáneos y por generaciones posteriores, no ocupa un sitial memorable en la cultura dominicana.

Muchos artistas plásticos, músicos, cantantes, bailarines, actores, comediantes, escritores, locutores, folcloristas y gestores de la cultura han recibido mayor difusión que el arquitecto que impuso la estética moderna y la interpretación del trópico caribeño en cada una de sus obras. Mantuvo una línea compositiva coherente y llena de recursos plásticos y espaciales dentro de un minimalismo sorprendente, si rebuscamientos y con un alto sentido de su tiempo. Fue auténtico y temerario para establecer un lenguaje de avanzada dentro de una sociedad que amaba la tradición y la magnificencia. No hay un edificio público que lleve su nombre, ni una sala de arte, ni un evento permanente; ninguna calle le recuerda.

Conoció el éxito profesional desde su primera obra y se mantuvo trabajando hasta el último día de su vida -nació en 1900 y murió en 1970-, ya sin dinero y olvidado por sus propios familiares, abandonado a la bebida y tal vez con un sentimiento de obsolescencia que manifestaba frente a los avances de nuevas formas de expresión de la arquitectura. Su capacidad de trabajo fue ejemplar -los edificios de La Feria fueron diseñados y construidos en un lapso de 10 meses, por ejemplo- y fue incapaz de repetirse en los distintos edificios que le fueron encargados. Sus obras emblemáticas han ido desapareciendo o caído en un abandono imperdonable: el Jaragua, el Jaragüita, la residencia Pichardo, la residencia Troncoso-Velázquez, el atrapado hotel Hamaca, el edifico Copello (descuidado), los edificios de La Feria (¡uf!), y docenas más, entre otros que aún perduran amenazados por los buscadores de oportunidades dentro del dinámico mundo inmobiliario que nos envuelve.

Todavía el libro de su vida y de su obra está pendiente. Algunos hemos hecho el intento de compilarlo (Brea, Cott, Silvestre, Rancier, Moré, Domínguez, Flores, Prieto, Roca, Martínez, Delmonte, entre otros) y todavía está en proyecto.

Ahora le toca al hotel Paz (1955-1956), hoy hotel Hispaniola, una pieza limpia, horizontal, equilibrada y flexible ante las exigencias de un tiempo variable, que sirvió dignamente durante cinco décadas. Ahora comenzaron las campanas a doblarse y  anunciar su destrucción; una más para Guillermo; un presente que se muestra agresivo y sordo frente a los que alcanzan a ver lo perenne de la cultura dominicana en medio de la vorágine comercial. ¡Hasta cuando Guillermo! Ni Henry Klumb en Puerto Rico, ni Albert Mangonès en Haití, ni Eugenio Batista en Cuba -quienes junto a GGS formaron el cuarteto más respetado de la arquitectura antillana del siglo XX- han visto desaparecer sus edificios justo en la generación que le sucedió.

Solo a ti, Guillermo, te honramos con la destrucción de tu obra y evocamos tu maestría en la estampa de una imagen de nostalgia...

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