martes, 27 de noviembre de 2012

La humanidad era muy feliz así y por esto Dios caviló durante siglos
















El jardín de las pasiones

Cuento

Fernando Ureña Rib


Mucho antes de la creación del paraíso edénico hubo otros, experimentales y breves, que causaron furor. La Biblia, por razones obvias, rehúsa nombrarlos. Uno de ellos fue el Jardín de las Pasiones. Aunque Dante y Milton parecen ignorarlo, hay artistas y poetas de épocas remotas y posteriores que lo intuyeron y describieron con minuciosa precisión. Hacia 1500, Gerónimo Bosch pintó el inverosímil Jardín de las Delicias, y mucho más tarde (1899) Octave Mirbeau escribió aquella novela de torturas eróticas llamada El Jardín de los Suplicios.

Pero el que nos ocupa ahora es el Jardín de las Pasiones. Paul Klee lo presenta como un conjunto de cuerpos humanos, apretujados en una lata de sardinas. Como veremos, esta versión o percepción, es falsa.  Según fuentes fidedignas, el Jardín de las pasiones estaba ubicado al suroeste de Teherán, en lo que hoy se conoce como Eslam Shahr. En aquella época primaria, este era un oasis enorme, de gran abundancia y fertilidad generosa rodeado por volcanes y desiertos voraces. Nadie podía entrar o salir del paraíso con vida y esto, obviamente, dificulta su documentación. Aunque había otra causa, para esta imperdonable falta de información sobre el Jardín de las Pasiones:

Dios aún no había creado el sentido de la vista. Todos los humanos, premiados allí con la existencia, eran ciegos. Hombres y mujeres se guiaban por los muy aguzados sentidos del oído, del olfato, del paladar y del tacto. La humanidad era muy feliz así y por esto Dios caviló durante siglos si habría de conceder a aquellos humanos los órganos de la visión, que ya poseían, en cambio, los animales y los monstruos, que se movían por el jardín pacíficamente, con libertad y desparpajo.

Los habitantes de aquel paraíso eran nómadas y transitaban permanentemente de una región a otra. Se identificaban entre ellos por la voz y el olor y así compartían y disfrutaban sin engaño su apasionada sexualidad. Los celos, enfermizos y mortales, no existían entonces. Las pasiones consistían en descubrir y amar a seres de razas distintas y que provenían de remotas regiones del paraíso. Por supuesto, nadie podía ver lo que hacían sus congéneres. Bastaba escucharles. Aunque sus oídos estaban diseñados de tal modo que podían cerrarse y abrirse a voluntad.

“Me gustaría conocerte” le decía una mujer a un hombre en algún camino, y se perdían por las ensenadas y lagos del jardín durante días o años enteros. Pero ese tipo de relación no era superficial  ni vacuas, sino que llegaba a ser una exploración intensa del mundo interior de cada quien. Así se amaban, de manera espontánea y entusiasta, aquellas parejas fortuitas, elegidas al azar, hasta que ambos quedaban drenados, saciados y exhaustos de felicidad. Eran libres.  Y si alguno decidía irse y continuar explorando el mundo, lo hacía cargado de bendiciones.

Sin embargo, Dios cedió a los clamores de un grupo de ángeles guardianes que solicitaban encarecidamente que se les proveyera de visión a los habitantes de aquel paraíso. Afirmaban que esto les permitiría disfrutar aún más de las bellezas de aquel paraíso alucinante y que ningún sentido tenía la profusión de colores y de formas que allí había si los humanos no podían apreciarlos con la vista. Dios concedió el deseo y pronto advirtió que había sido un error. Los hombres se hicieron posesivos y celosos y empezaron a matar a sus mujeres cuando las veían enamoradas de otros hombres. Se formaron grupos, hubo fieras batallas y no poca sangre a causa de los celos. Entonces vio Dios que no era bueno. De modo que permitió que los desiertos voraces y los volcanes sepultaran en lava ardiente y arena calcinante aquel paraíso de las pasiones.