jueves, 6 de diciembre de 2012

La voz es lo único que conserva del pasado...






















Al umbral del limbo
Cuento

Fernando Urena Rib

Las puertas del Limbo, grandes y pesadas, se abren a las seis. Pase. No hay perros asesinos, parajes aterradores, ni personajes siniestros. Tampoco hay fuego devorador. El Gehena está muy lejos. Puede que haya un poco de bruma, nada más.

Venga. Le acompañaré. Solo tiene que dejar afuera sus miserias. A algunos se les hace difícil. Las miserias humanas se convierten en un fardo pesado o en un hábito difícil de abandonar. Algunos no pueden vivir sin ellas. Los intrigantes y los quejumbrosos, por ejemplo, se aferran a un ideal que han creado a su imagen y semejanza y si las cosas no marchan como ellos suponen empiezan a quejarse o a crear rencillas y discordias. A estos los dejamos afuera, clamando sobre el Muro de las Lamentaciones, allí a la izquierda.

Afuera, a la diestra del umbral, están los que abrigan sentimientos de culpa. Las religiones se ocupan en alimentarla y le sacan provecho. La culpa es el mejor negocio. La gente no lo sabe, pero hay un mercado de culpas y perdones. Se compran y se venden. Les llaman Indulgencias. Esos que usted ve allí, son ricos avaros a quienes convencieron de que los pecados se pagan en efectivo, con pretenciosas obras de caridad y testamentos a nombre de alguna iglesia como beneficiario. Aquí no valen un comino esos comprobantes de pago y de transacciones bancarias. En realidad el dinero es un error. O más bien, un engaño.

Desnúdese de las venganzas, o no podrá pasar. Las ansias de retaliación son tan venenosas y contaminantes como el odio. Déjelos afuera. Ah, se me olvidaba, los prejuicios, sáqueselos de encima. Todo prejuicio es ignorancia.

Pase ahora, por favor. Mire, todos nos sentamos a una mesa de tablones anchos. Quienes sirven a los demás son los más sabios. Observe cómo la gente va poniendo sobre la mesa sus dudas, sus miedos, sus pesadillas, sus angustias. Al principio le será difícil contar las suyas. Pero ya se irá acostumbrando y comprobará que bajo la escasa luz del recinto, nadie reconocerá su identidad. Esto hasta que empiece a hablar. Entonces se dará cuenta de que la voz es lo único realmente suyo, lo único que conserva del pasado. Ese su retrato, su código secreto, su yo interior, el alma misma. Puede que cuando le oigan hablar se acerque a usted uno de los sabios que sirven a la mesa y le diga: «Venga, joven, tenemos muchas cosas que hablar». Y se lo llevarán al fondo, a alguno de esos salones pequeños en los que descubrirá realmente quién es usted.