lunes, 21 de enero de 2013

Me parece disfrutar de un ambiente familiar un poco como intruso

Iván García Guerra













Un momento refrescante, revelador 
y reconfortante Comentario casi 
crítico de una presentación teatral.

Iván García Guerra

… Y es que cuando hay talento se pueden hacer milagros.  
El teatro «Las Máscaras» está en una pequeña casa de la Zona Colonial,  situada en la calle Arzobispo Portes, No. 56,  casi esquina Arzobispo Meriño.   Fue inaugurado el 9 de marzo del 2001 y es un pequeño e intimo espacio con capacidad máxima de 50 personas, sin contar los intérpretes y técnicos.  
Entro e inmediatamente me encuentro en lo que fue la añeja sala y ahora es el aun nuevo teatro.   Unas cuantas sillas bien organizadas, un escenario muy, muy pequeño.   Me parece disfrutar de un ambiente familiar un poco como intruso, mas pronto me ambiento porque el público que me rodea se comporta como una familia ampliada y conversa amenamente sin que sean necesarias las presentaciones.
De repente, apagón,  hay una oscuridad no muy bien lograda y, paulatinamente, haces de luz nos van destacando las actrices: Marisol Marion Landais, Patricia Muñoz, Dolly Martínez y Grace Moore…   Y el milagro comienza.

Se trata de la obra «Nosotras, que nos queremos tanto», cuyo título original es «A partilha», el cual, traducido del portugués «brsaileiro» sería en español «La partición» o «La herencia».   Su autor es Miguel Falabella de Sousa Aguiar, nacido en Río de Janeiro el 10 de octubre del 1956.   Bastante desconocido para nostros; pero un muy popular dramaturgo, actor, director, cineasta y presentador de televisión en Brasil.  
La obra que vengo a ver, acompañado por mi mujer, Frances, y el actor que me ha traído, Francis Cruz, trata de cuatro hermanas, Beatriz, Regina, Vilma y Laura, quienes se reúnen en la casa que fue de la madre común, para ponerse presente en el mortuorio de ésta.    Por este contexto puedo pensar que será un dramón telenovelesco; pero todo lo contrario desde el inicio me resulta una profunda comedia hilarante, y soy yo, con cierto escándalo quien comienza con las carcajadas.                                            

Nos enteramos que fue allí donde estas cuatro mujeres, que sólo tienen en común el apellido y los recuerdos, jugaron, crecieron y soñaron.   Y pronto llegamos  a la conclusión de que más que por la pena o la nostalgia lo que más las motiva a todas es… la herencia que reúne la casa, los muebles y otro tesoritos que deberán ser vendidos o repartidos para que todas resulten complacidas o, al menos, conformes.
Pero vuelvo al prodigio: de repente, reunidas en una esquina del escenarito vemos el féretro que no está allí, pero que si está, sin duda, sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo; y luego el nítido despliegue de las cuatro mujeres se mueven constantemente con tal pericia que hacen parecer que el espacito se amplia, crece, se desborda.  

Ellas, dando vida al logrado texto, me permiten pensar que, a pesar de ser una situación no cotidiana, todo aquello resulta conocido.   Primero, porque casi todos hemos o tenemos que pasar tarde o temprano por situaciones similares, no sólo en cuanto se refiere a la muerte de un ser querido o no, sino más bien por cualquier enfrentamiento, también usual, con los demás miembros de la familia y del resultante y urticante «sacado de cuentas» con  la intención de justificar nuestras actitudes y nuestros consecuentes comportamientos

La experiencia se mantiene refrescante por el humor moderadamente repartido, sin exageraciones ni astracanadas, es reconfortante por la presencia de estas mujeres magníficas que nos hacen olvidar que son actrices gracias s su naturalidad y reconfortante porque comprobamos que no son necesarias de parafernalias para lograr un espectáculo magnífico (y no exagero en la espectacularidad del logro).   Es definitivamente una magnífica lección para los que pretenden descubrir América o la pólvora con espectáculos pesadamente clásicos o alocada y supuestamente contemporáneos.

A la directora, venezolana de origen que resulta más dominicana que muchos nacidos aquí, Germana Quintana, la conocí epistolarmente hace ya varias décadas cuando, desde España, me solicitó permiso para montar mi obra «Don Quijote de todo el Mundo».   Una noticia inédita y desconcertante, pues fue la primera y única vez que alguien ha solicitado permiso para poner alguna de mis obras en escena.   Finalmente no se pudo hacer allá, pues se trataba de la Era de Franco, y el texto fue considerado peligroso.   Pero luego, muchos años más tarde, ya ella residiendo aquí, la disfrutaría en un ágil y liviano montaje presentado en el auditórium de Bellas  Artes.  

Pero lo que quiero decir de ella es que… ¡la admiro!, simplemente   Con solo la publicidad necesaria para informar sobre sus trabajos, se mantiene, hormiguita, tesonera, silenciosa, y humilde, presentándonos religiosamente un indiscutible nivel de muy satisfactoria calidad.
Esta mujer, junto con la criolla Lidia Ariza, son las creadores de este prodigioso espacio que se mantiene abierto todo el año y que también mantiene vivo este arte sin pretensiones fastuosas y con deliciosos timbres de frescura y originalidad.

Y por eso escribí arriba que... cuando hay talento podemos constituirnos en auténticos taumaturgos.
Me tomo la libertad de invitarlos a disfrutar, aunque la casa es legalmente ajena, porque en cierta manera y de repente ya me siento como parte del exitoso experimento.
Todavía estará los próximos viernes 25, sábado 26, a las 8:30, p.m. y el domingo 27 a las 6:30, p.m.  
¡No se la pierdan!
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