jueves, 7 de febrero de 2013

Se predijo la muerte de las artes plásticas


Fernando Ureña Rib


¿Romper la tradición?

Reflexión

Fernando Ureña Rib


La mayor y más difundida mentira de la crítica de arte del siglo XX fue proclamar que era necesario “romper” la tradición artística. No sabemos a quién atribuir ese infundio. Lo que sí sabemos es que críticos, curadores e historiadores lo repitieron sin fundamento y lo repiten aún como slogan. Con esta campaña lograron que las artes plásticas fueran desalojadas de los museos de arte contemporáneo, excluidas de las bienales y menospreciadas en las ferias de arte del mundo.

En vez de artes plásticas se dio preeminencia a otras formas de expresión, válidas sin duda, denominadas “artes visuales” y en las que se incluye la fotografía, el vídeo, las instalaciones, el arte digital, el grafiti, el arte “conceptual” y los performances.

Se predijo la muerte de las artes plásticas y ejerciendo de profetas, algunos concluyeron que estas desaparecerían de los museos y del mundo. Renegaban de la tradición como si se tratara de material venenoso o camisa de fuerza de la cual había que librarse.

Pero las artes plásticas existen y continúan generando gran interés, su mercado ha crecido y siguen desarrollándose tremendamente en el mundo, con nuevas opciones creativas como las que presenta David Hockney en el museo Ludwig de Colonia, Alemania. De hecho, los artistas plásticos mejor cotizados del mundo son pintores.

Y es que la pintura, la escultura y el dibujo son vocaciones y talentos inherentes al ser humano, tal y como la poesía el teatro y la música. Al igual que esas disciplinas, las artes plásticas se apoyan en la tradición, es decir, en una riquísima y milenaria acumulación de conocimientos, técnicas y destrezas. Pero la tradición es algo vivo, consistente y tenaz, que no se rompe ni muere, que no se detiene, que busca salidas distintas y descubre nuevas maneras de expresión. El medio utilizado no debe ser considerado anatema. El genio creativo se manifiesta de muchas maneras.

Por eso la tradición plástica no debe verse despectivamente, como algo pecaminoso que dañara el acto de creación pura. Debe verse como lo que es: Un recurso necesario, un punto de referencia o de partida, un instrumento, un cúmulo de experiencias, un tesoro que jamás deberíamos perder.

Urdidos por la mentira mencionada, y con ferviente entusiasmo, profesores y estudiantes de arte se dejaron envolver por el aura prestigiosa y el tono solemne e irrefutable de los críticos que auspiciaban esa “ruptura” y “muerte” de la tradición plástica. Extraviados por su grandilocuencia, muchos estudiantes de arte no aprendieron nunca a dibujar ni a esculpir y desdeñaron como obsoletas los ejercicios y las técnicas de la pintura.

Un recurso más fácil era el “objeto encontrado”. No se necesita mucha imaginación para producir cierto orden estético a objetos encontrados y al material reciclable de nuestra era industrial. Cualquiera puede hacerlo. Y hoy las bienales están llenas de todo tipo de parafernalia.

Algunos museos y eventos de arte contemporáneos guardan un incómodo y parecido con un mercado de pulgas: Acumulan sobre el suelo televisores viejos, hornillas en desuso, cables, zapatos, bacinillas, inodoros rotos, neumáticos, latas, cubos, tuercas, y envases de plástico. Paradójicamente a esos intentos les falta creatividad, inteligencia, humor y sensualidad.

Los espectadores del museo pasan rápidamente por esas salas de deshechos y preguntan: ¿Dónde podemos encontrar algo de valor? Invariablemente, los guías y cuidadores del museo les señalan las salas donde sigue reinando la tradición.

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